Gobierno unipersonal

Durante los siglos XIX y XX prácticamente desaparecieron las monarquías en el mundo occidental, y las que sobrevivieron quedaron tan acotadas que la política en ellas dependía muy poco del rey o reina en turno. En lugar de las monarquías se propagaron ampliamente los sistemas democráticos y las monarquías que subsistieron se transformaron tanto que en el fondo son versiones «sui generis» de la democracia. A la democracia, marcada también por la separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, se le atribuye la ventaja de permitir en mayor grado la participación ciudadana, de modo que existe un contrapeso al poder de quienes ostentan los altos cargos en el sistema político.

Al lado de la difusión de las ideas democráticas donde el «poder» de los ciudadanos se ejerce ante todo por medio del voto, se difundieron igualmente las ideologías, con su propia versión de la democracia. En estas nuevas perspectivas, el gobierno («cratos» en griego) del pueblo («demos» en griego) no tiene que ver, de entrada, con la cuestión del ejercicio del derecho del voto por parte de los ciudadanos, sino con la clase, la raza o la nación, tomadas como referente absoluto, a las cuales se oponen otras clases, razas o naciones.

La difusión de la democracia viene entonces instrumentalizada por las propuestas ideológicas, que a veces pueden incluso usar los sistemas democráticos para acceder al poder y, una vez ahí instalados, eliminar todo aquello que pueda poner en peligro sus proyectos ideológicos. Un fenómeno común en estos casos es la permanencia de un líder en el poder a través de los años.

En los regímenes totalitarios donde el pueblo no es considerado una realidad social compuesta por las personas sino una categoría ideológica que debe comportarse de acuerdo a lo estipulado por dicha ideología, el líder se va haciendo del poder y en nombre del pueblo lo usa según sus propios criterios, que por definición se supone que son los del pueblo. El pueblo por su parte vive sometido, a veces incluso apoyando a su tirano, que sabe usar bien de la propaganda y de la represión de quienes pudieran cuestionarlo.

En estos casos el líder se vuelve un monarca, muchas veces más poderoso que los antiguos reyes de los pueblos. Obviamente el líder, versión postmoderna del absolutismo regio, se sitúa sobre los poderes legislativo y judicial, y también sobre los habitantes del país. En efecto, son muchos millones de muertos, de su propio pueblo y no por guerras, los que las ideologías dejaron como secuela el pasado siglo.

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