Etiquetas y política

Por: P Pedro Miguel Funes Díaz

Clasificar es una necesidad del ser humano para comprender el mundo y las cosas y es una de las principales actividades del proceso cognoscitivo, por eso, al conocer las cosas las agrupamos según sus características y propiedades y, por así decir, les asignamos una etiqueta, o sea, las consideramos en una categoría u otra de cosas.

En sí este proceso no solamente no es malo, sino que es imprescindible en el avance del conocimiento; pero comporta sus riesgos y también sus abusos. El ser humano ciertamente puede conocer, pero cabe también el error. Muchas veces es necesario reclasificar las cosas porque en realidad no pertenecen a la categoría a la que se les había asignado, o incluso replantear la misma clasificación porque se muestra inadecuada, sobre todo si se ha avanzado en el conocimiento de una determinada área. Si se trata de cuestiones prácticas, estos procesos cobran además un especial interés porque pueden ser motivo de cambios en tales actividades.

El problema adquiere un tinte particular cuando entramos al terreno político y asuntos afines, porque las clasificaciones y las etiquetas ya no obedecen tan solo a la necesidad de conocer, sino que se ven influenciadas en muchas ocasiones por planteamientos ideológicos y de búsqueda del poder. Quien tiene la capacidad y los medios puede aprovechar la necesidad de clasificar para asignar etiquetas que no correspondan a la realidad, pero que en cambio sirvan para favorecer intereses determinados. A veces esto obedece a la propia necesidad psicológica del que asigna la etiqueta para justificar sus propias decisiones.

Cuando un término está cargado de antemano de una connotación negativa, habiendo cualquier pretexto, se le asigna al adversario para desprestigiarlo. En el terreno político ésta es una práctica común y muchas veces da “buenos resultados”. Sin embargo este modo de proceder genera injusticias. Así, por ejemplo, como el término “extremista” y sus afines tienen una connotación negativa, calificar de “extrema derecha” o de “extrema izquierda” a una persona o a un grupo, aunque realmente no lo sean, puede traer dividendos en cuanto a poder se refiere, pero a costa de una grave falta de respeto a la dignidad de las personas.

Por otra parte, ya que la realidad es compleja y nuestras clasificaciones limitadas, aunque las necesitamos, deberíamos encontrar en ello un motivo de humildad. La construcción del bien común en nuestra sociedad y en el mundo solamente puede apoyarse en los valores de la verdad y el respeto.

Escriba una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.