No olvidemos

Por: Santiago Adame Alemán

En nuestro pueblo mexicano, en nuestras familias, estamos acostumbrados vivir abrazados a los recuerdos de las antiguas glorias; y de ellas nos nutrimos para orientar nuestro presente. Los ancianos son el depósito de nuestro pasado, y a ellos acudimos para traer al presente aquellos días de grandeza o momentos magnos en los que algún hombre mostró alguna virtud con entereza o realizó cierta hazaña. Es normal que suceda así: los mayores son los que lo vivieron; pero hacia allá vamos todos, y nosotros seremos un día, para otros, esos mayores. Por eso, es un error pensar que nos corresponde sólo conservar el acervo histórico de ellos y repetírselo fielmente a las nuevas generaciones, como si en el transcurso de nuestras vidas nada grande y glorioso hubiera pasado, y no pudiéramos abonar nada a esos recuerdos.

Nosotros tenemos también nuestros momentos y hay que atesorarlos con cariño. Hoy quiero evocar dos grandes momentos del México contemporáneo: la generación de nuestros padres vivió el temblor del 19 de septiembre del 85, y le toco ver la solidaridad que suscitó aquella desgracia, incluso a algunos ser parte de esa ayuda. A nuestra generación le tocó vivir el temblor del 19 de septiembre del 2017, y ver también cómo todo un país, en especial los jóvenes, fueron los protagonistas de la historia: salieron de la cotidianidad, rompieron la inercia que lleva la vida y se volcaron de entero por unos días para socorrer las necesidades de otros a los que no conocían pero que los reconocían como hermanos al verlos sufrir.

En una de sus obras Dostoievski pone en la más alta estima los buenos recuerdos, hoy quiero evocar ese pasaje:

Oídme, encantadores amiguitos. […] Sabed que no hay nada más noble, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, sobre todo cuando es un recuerdo de la infancia, del hogar paterno. Se os habla mucho de vuestra instrucción. Pues bien, un recuerdo ejemplar, conservado desde la infancia, es lo que más instruye. El que hace una buena provisión de ellos para su futuro, está salvado. E incluso si conservamos uno solo, este único recuerdo puede ser algún día nuestra salvación. Tal vez lleguemos a ser malos, incapaces de abstenernos de cometer malas acciones; tal vez nos riamos de las lágrimas de nuestros semejantes, de los que dicen, como Kolia acaba de decir: «Quiero sufrir por toda la humanidad.» Pero, por malos que podamos llegar a ser…, ¡aunque Dios nos libre de la maldad!…, por malos que podamos llegar a ser, cuando recordemos estos instantes […] ni el más cruel y burlón de nosotros osará reírse en su fuero interno de los buenos sentimientos que han llenado su alma en este instante. Es más, tal vez este recuerdo le impida obrar mal, tal vez se detenga y se diga: «Entonces fui bueno, sincero y honrado. »[1]

Este celebérrimo escritor ruso, por la voz de Alexei Karamasov, habla de un momento de nobleza que este personaje y un grupo de niños acababan de vivir, en el que habían despedido en el ataúd a Iliúcha, un niño que era parte del grupo de amigos, quien les había mostrado la grandeza de su corazón es sus últimos días de vida y había provocado en sus amigos evocar lo mejor de cada uno durante su enfermedad e inminente muerte. Es conocido por todos que la literatura no sólo nos hace consternarnos de los hechos que ahí se narran, sino que nos dan lecciones para nuestra vida. Así, hoy Alexei también nos habla a nosotros:

Convengamos aquí, junto a la peña de Iliucha, no olvidarlo jamás y acordarnos siempre unos de otros. Aunque estemos veinte años sin vernos y cualquiera que sea nuestro futuro, debemos recordar el momento en que hemos enterrado a nuestro querido Iliúcha, a ese compañero al que apedreasteis un día y después disteis todo vuestro afecto. Era un muchacho magnífico, un corazón bondadoso y valiente, que tenía el sentimiento del honor y se rebeló valerosamente contra la ofensa inferida a su padre. Debemos recordarlo toda la vida; tanto si alcanzamos una alta posición y se nos tributan grandes honores, como si caemos en el más triste infortunio. En ningún caso debemos olvidar este momento en que hemos otorgado nuestro amor a un ser ejemplar…, este momento en que tal vez nos hemos mostrado mejores de lo que somos.![2]

Convengamos aquí, queridos amigos, no olvidar el 19S; convengamos no olvidar los que vivimos: la mirada de nuestros amigos y el fuego en sus ojos, que se desbordaba en caridad hacia los necesitados; el ímpetu en nuestros cuerpos y su inquebrantable fuerza, que, a pesar de estar agotados de tanto cargar, seguían acarreando piedras o víveres; la generosidad en los bienes económicos de nuestros amigos, familiares y conocidos que sin pensarlo dos veces se volcaban en la ayuda al hermano necesitado y gastaban sus ahorros comprando víveres, pagando gasolina y casetas, prestando sus teléfonos para que otros se comunicaran con sus familiares, donando a instituciones de ayuda comunitaria. Convengamos no olvidar tampoco la generosidad con el tiempo: en esos días no podíamos estudiar ni trabajar porque nuestros edificios estaban afectados, y aunque lleváramos un buen tiempo añorando unas vacaciones o un “puente”, no lo usamos para descansar. Recordemos cómo le dimos nuestro tiempo a los que lo necesitaban algunos ayudando en los centros de acopio  y otros directamente en las comunidades; no olvidemos, ni siquiera, cómo se pusieron a prueba nuestros conocimientos y nuestra voluntad, cómo combatimos desde dentro del corazón contra la desesperanza, el sentimentalismo y la confusión…  ¡y los vencimos!. Los vencimos porque no había de otra, porque nuestra voluntad estaba puesta en ayudar y porque había que ponernos en segundo plano para poner en primer lugar a los que tenían carencias más urgentes. No olvidemos los días en que fuimos valientes, sinceros, generosos y humildes. No olvidemos los días en que fuimos buenos.

Convengamos, amigos míos, no olvidar tampoco la cantidad de gente que hizo lo mismo. El primer recuerdo, el más vivo, es el recuerdo de lo que vieron nuestros ojos en primera persona, pero no olvidemos tampoco cuánta gente hizo lo mismo. No olvidemos cómo las carreteras del país se saturaron de tanta ayuda, humana y material, que iba a las comunidades; no olvidemos la forma en la que la gente se logró organizar usando el sentido común, porque los guiaba la firme voluntad de ayudar, logrando dejar de lado el protagonismo para ceder ante un interés superior: nuestros hermanos afectados; no olvidemos a miles de trabajadores de protección civil, personal de la salud, seguridad y educación que antepusieron la vida de los que les tocaba cuidar a la suya, nuestros médicos, policías y maestros; no olvidemos que ese día nuestra nación y las naciones amigas, miles de personas concretas, se volcaron a los más necesitados, a los que necesitaban urgentemente una mano amiga que los ayudara a levantarse. No olvidemos esos días en los que quedó demostrado que podemos ser buenos y que los buenos podemos ser más…

Este articulo está escrito, por una parte, para aplaudir a los voluntarios que esos días salieron de sí para darse al otro. Pero, por otra, y con una intención especial, para hacer una convocatoria a los mexicanos de hoy. Ha pasado ya el tiempo desde el 19S y es posible olvidar lo que fuimos. ¡No lo hagamos! ¡Un sólo recuerdo de bondad puede rescatarnos! En el momento en el que nos veamos tentados a caer en la desesperanza, cuando el desánimo nuble nuestros días y la tristeza pretenda inmovilizarnos al padecer por todas las cosas que vemos a nuestro alrededor, por las noticias de las que nos enteramos y por los males que sufrimos directamente o indirectamente a través de nuestros familiares, amigos y conocidos: no olvidemos cuando fuimos buenos y cuando vimos a tantos otros serlo también, recordemos esos rostros, esos ojos, y recordemos cómo vibraba el corazón. Un solo recuerdo puede rescatarnos de la desesperanza.

Incluso si llegamos a volvernos malos, si renunciamos al bien, la verdad y la belleza, y desviamos nuestro camino por una dirección equivocada, recordemos cómo fue cuando vivimos para el otro y cómo se vivía la bondad que inflama el pecho; recordemos la satisfacción que se vivía cuando actuamos desde la verdad del corazón siendo honestos y consecuentes con lo que nos gritaba desde lo profundo. Recordemos, finalmente, cómo se gozaba la belleza de la entrega generosa y desinteresada al otro, ese momento en el que tal vez nos descubrimos mejor de lo que somos.

Quisiera cerrar este articulo con dos citas de Alexei Karamasov; seamos buenos, vale la pena:

He dicho todo esto por si algún día llegamos a ser malos. Pero ¿por qué hemos de serlo? ¿No os parece, amigos míos, que no hay ninguna razón para que lo seamos? Seremos buenos, honrados y no nos olvidaremos unos a otros. Yo os doy mi palabra de que no olvidaré a ninguno de vosotros; de que siempre, por muchos años que pasen, me acordaré de estas caras que me miran ahora.[3]

Estuvimos juntos en esa catástrofe, sacamos, quizás, lo mejor de nosotros y vimos cómo nuestros hermanos lo hacían. Vale la pena vivir así, vale la pena una vida desde el amor, en el amor y para el amor. Recordemos por siempre cómo fue ese momento, no olvidemos nuestros rostros.

“Queridos muchachos, amigos míos, ¡no temáis a la vida! ¡Es tan hermosa cuando se practica el bien y se es fiel a la verdad!” –Alexei Karamasov.

 

 

[1] Dostoievski, F. Los hermanos Karamasov. Epílogo, C.III.

[2] ibid.

[3] ibid

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