El progreso y el mal

Por: P. Pedro Miguel Funes Díaz

 

Ante muchas situaciones contemporáneas cabe sin duda la pregunta del por qué la persistencia del dolor, de la muerte, del mal, a pesar de un progreso tan notable, particularmente en el terreno de la ciencia y la tecnología. Las preguntas fundamentales de la existencia que a veces parecen olvidarse, se replantean una y otra vez todavía hoy, con frecuencia de manera muy cruda, ante el sufrimiento y la injusticia, del dominio del vicio, de la criminalidad y la impunidad, y de la falta de respeto sistemático a la dignidad humana.

Los interrogantes fundamentales son para nosotros temas cuya importancia se ve incrementada por la amplitud con que se nos presentan. Hoy tenemos la posibilidad de recibir noticias a una velocidad increíble, incluso de lugares muy alejados. En muchos casos nos llega no nada más un texto, sino el sonido, las fotografías y los videos de lo que sucede prácticamente al ritmo en que se desarrollan los hechos. Si en este contexto ponemos atención al mal, este adquiere dimensiones demasiado grandes para cualquiera.

Pero al hablar del mal podemos hablar de muchas cosas diferentes. Los desastres naturales, por ejemplo, son un mal. De ellos buscamos protegernos, por ejemplo en el caso de un terremoto se tiene previsto un protocolo a seguir y se espera que las casas y edificios estén construidas según los parámetros adecuados de resistencia. Con todo, este tipo de males nos azota y atemoriza porque se hallan completamente fuera del control de los seres humanos. Nadie tiene la culpa de un terremoto.

Existe otro tipo de males que en cambio no procede de las fuerzas de la naturaleza, sino de las acciones de las personas. Aquí la cosa cambia, porque estos males dependen de las decisiones de las personas. La dimensión del mal en este campo es variable, porque el alcance de las acciones de los seres humanos es asimismo variable. Una persona a la que le faltan medios puede causar ciertos males, pero quien actúa mal contando con muchos medios puede hacer mucho daño.

Un ladrón, por ejemplo un carterista, puede cometer sus delitos y dañar a un cierto número de personas, lo cual es lamentable y justamente merece un castigo porque es responsable de sus actos. Pero si un político corrupto o un dirigente de una gran empresa también acostumbra robar, la cantidad y amplitud del daño que causa es sin duda mucho mayor.

Sin duda la ley es muy importante para tratar de evitar este tipo de males. No cabe duda que una sociedad con buenas leyes tiene una base muy sólida para poder desarrollarse y para evitarlos en buena medida. Sin embargo no basta la ley, pues muchas veces se ha visto cómo llegan a ser letra muerta. Así se entiende claramente por qué Jesucristo apuntó en sus enseñanzas a algo de mayor fondo, cuando dijo que los males provienen del corazón del hombre. Por lo tanto se necesita ante todo un cambio de mente y de corazón para que verdaderamente se pueda evitar el mal. La conciencia de las personas bien formada e iluminada es finalmente el ámbito donde se decide sobre el bien o el mal, también a nivel social.

 

 

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