La caridad de Cristo nos apremia

Por: Luis Ignacio Lozano Cobos CCR

 

“La caridad de Cristo nos apremia”[i]

¿Es verdad en nuestras vidas ésto que dice San Pablo? Ojalá que así sea, porque entonces nuestro deseo de que las cosas vayan mejor, de encontrar solución a los problemas que nos aquejan, tendrá el impulso necesario para poner manos a la obra, y que no se esfume en ilusiones y palabras. Es común que escuchemos – o quizá que digamos – que ésto o aquello debe cambiar, que no podemos seguir así. Posiblemente sea verdad, aunque si lo decimos sin la intención siquiera de hacer algo al respecto, creo que esa inquietud pierde en mucho el provecho que podría tener. Hay tantos problemas que nos sobrepasan, que no dependen enteramente de nosotros, pero tal vez nos falta un poco de ese apremio que caracteriza a la caridad, para poner medios concretos que ayuden a mejorar nuestra relación con los demás. Aquí sí que podemos hacer algo, y con una mirada de Fe, nos daremos cuenta de que no es poco lo que ésto ayudará a ir resolviendo aquello que nos inquieta. Una vez más, el ejemplo lo tenemos en Nuestra Madre, la Virgen María.

Justo después del anuncio del Angel, San Lucas nos dice que “María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá”[ii]. El Angel le había dicho que su prima, Isabel, estaba esperando, y ella, en respuesta a este anunció, ofrece el servicio de su caridad. No se dice a sí misma: “¿Qué podré hacer yo?”, “Seguro ya hay alguien que le ayude”, “Sí quisiera, pero ahorita tengo que preocuparme por mi Hijo”, “Está tan lejos”, o cualquier otra razón que se nos ocurra, y que, probablemente, alguna vez hemos ofrecido nosotros mismos ante la noticia de una necesidad. Ella, apremiada por la situación de su pariente, parte sin demora. He aquí un primer elemento del apremio de la caridad: ofrece una respuesta que no se hace esperar. No calcula si será el mejor momento, si podrá aprovechar la oportunidad para tratar algún otro pendiente. La atención está puesta en el otro, y la demora sólo puede hacer que disminuya el ímpetu del amor y la oportunidad de hacer el bien. Así es el amor, no podemos esperar que sea siempre el mismo si lo descuidamos.

Pero encontramos, a la vez, un segundo elemento, implícito: significa renunciar al amor propio y optar por el amor del otro. El partir de Nuestra Madre nos dice algo de ésto. El amor propio diría que la casa de Isabel y Zacarías está muy lejos, que el viaje es penoso, que hay que cuidarse porque el Hijo de Dios viene en camino. Y quizá todo esto sea verdad – porque el amor propio es engañoso y se vale de muchos medios, hasta de verdades, empleadas a su modo – pero el amor verdadero sabe que éstas no son razones para renunciar a hacer el bien. Dice San Alfonso María de Ligorio que “ésto  no  arredró  a la  Santísima  Virgen,  tierna  y  delicada  doncella,  no  familiarizada  con semejantes  fatigas, [la cual] se  puso  en  camino”. La razón: “para  ejercitar  desde  el  primer  instante su  gran  misión  de  dispensadora  de  las  gracias…dándose  prisa por  el  gozo  en  llegar  a  hacer  el  bien  a  los  demás”[iii]. En efecto: desde el primer instante. Sabemos que en la Sagrada Escritura todo está escrito para nuestro provecho. ¿No es hermosa enseñanza, entonces, que lo primero que siga a la Encarnación de Nuestro Señor sea el apremio de caridad de Nuestra Madre para con Santa Isabel?

Este apremio lleva al encuentro, en el que se nos revela el que debe ser el centro de nuestra relación con los demás: “bendito es el fruto de tu vientre”[iv]. Nuestra Madre ha llevado a ese hogar a Aquel a quien todo corazón ansía – aún sin saberlo –, y junto a este regalo comparte también el tesoro de su Fe, en el hermoso cántico del Magnificat. Dios nos enseña, por boca del Salmista: “El que ofrece sacrificios de alabanza me honra de verdad”[v], y el silencio de la Santísima Virgen se rompe, después de la Anunciación, solo para la alabanza grandiosa de este cántico. He aquí un tercer elemento de la caridad que apremia: que en nuestro encuentro con los demás, medie siempre Nuestro Señor, y que siempre haya espacio para alabarlo y para dar testimonio de nuestra Fe. Esto implica, por una parte, mirar en el otro a Jesús y, por tanto, escuchar, tratar, hablar con él sabiendo que se trata de Nuestro Señor, y por otra, no perder la oportunidad de compartir nuestra Fe, para que nuestra palabra de aliento hacia nuestro hermano esté fundada en una esperanza verdadera.

De la partida de Nuestra Madre, de regreso a Nazaret, no se habla de apresuramientos, sino que simplemente se dice que “María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa”[vi]. Aquí hay un cuarto elemento: es que la caridad apremia para hacer el bien cuanto antes, pero dilata en derramarse sobre el prójimo. ¿Qué sentido hubiera tenido que la Virgen Santísima fuera a saludar a Santa Isabel, sólo para despedirse y emprender el viaje de regreso? ¿Qué hacemos nosotros cuando no nos detenemos siquiera para saludar, cuando a penas y damos una palabra de aliento antes de pasar a otra cosa, cuando nos excusamos con cualquier pendiente para no extender un encuentro? Lo que hacemos es desperdiciar mucho del torrente de caridad que podría haber dado buen fruto en la vida de los demás. La caridad que llevó a Nuestra Madre a visitar a su prima se convirtió en tres meses de frutos de servicio, de atenciones, de compañía, de escucha. Pero para que se dieran estos frutos, se necesitó del tiempo, y es lo que, desgraciadamente, tantas veces no estamos dispuestos a dar.

¿Quién nos enseñará a experimentar este apremio de la caridad, por el que nos convertimos en rostros de Dios para nuestros hermanos? Jesucristo mismo es este rostro de misericordia del Padre[vii], es Él el fruto que queremos alcanzar. Ahora bien, quien quiere un fruto, tiene que ir al árbol[viii] y, como Santa Isabel proclamó, Nuestro Señor es el fruto bendito del vientre de la Santísima Virgen María. Es Nuestra Madre, el árbol bendito del fruto de la Caridad, por medio de quien podemos alcanzar la gracia de amar a nuestros hermanos con una caridad apremiante. Aprendamos de ella a estar atentos a los demás, para visitar a quienes nos necesitan sin demora, como ella visitó a su prima tras el anuncio del Angel. ¿No nos parece suficiente? ¿Creemos que los problemas que nos inquietan son de otro orden? Pues recordemos entonces que era éste el tiempo de Herodes, el que habría de ordenar la matanza de tantos niños inocentes; y sin embargo, la caridad de Nuestra Madre se dirigió a un gesto tan sencillo como el servicio de su prima. No menospreciemos los frutos que puede alcanzar, para nuestra sociedad, la caridad en nuestras relaciones.

Al celebrar la Fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen, encomendémosle nuestra caridad, y pidamos este don a ella, por quien Dios ha dispuesto que pasaran todos los tesoros de la gracia. Finalmente, no quisiera dejar pasar la oportunidad de recordar – ya que este año coincide que el 31 de Mayo celebremos la Solemnidad de Corpus Christi –, algo que el Papa Emérito Benedicto XVI dijo al respecto[ix]: podríamos decir que esta visita de Nuestra Madre a su prima fue la primera procesión eucarística de la historia. La Virgen Santísima es el Arca de la Alianza en la que Nuestro Señor visitó y redimió a Su pueblo. Ojalá, pues, que nosotros podamos ser, a ejemplo de ella, arcas a través de las cuales Dios pueda visitar a nuestros hermanos.

 

[i] 2 Cor 5, 14

[ii] Lc 1, 39

[iii] San Alfonso María de Ligorio, Las Glorias de María, V

[iv] Lc 1, 42

[v] Sal 50, 23

[vi] Lc 1, 56

[vii] S.S. Francisco, Misericordiae Vultus, 1

[viii] San Alfonso María de Ligorio, Las Glorias de María, V

[ix] Benedicto XVI, L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 3-VI-05

Escriba una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.