En búsqueda de la virtud

Por: Santiago Adame Alemán CCR

 

Admiramos la virtud

Cuando decimos que alguien es bueno o buena persona, ¿a qué nos referirnos? Comúnmente nos referimos a alguien que hace cosas buenas y que parece siempre estar dispuesto para hacerlas. Esto es la virtud, es una disposición habitual y firme para hacer el bien. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien, esa persona que se ve que ni le cuesta hacerlo, que lo domina y que lo disfruta. La virtud es la plenitud o perfección de lo que somos, de nuestras propias pasiones, pensamientos y acciones llevadas a su colmo, a su plenitud, a su perfección.

Buscamos la virtud, o al menos la admiramos, pero ¿porque no la conseguimos? Hay veces que admiramos, por ejemplo, la valentía, leemos las historias de los héroes o santos del pasado, o de los contemporáneos, y reconocemos en su actuar algo bueno algo ejemplar, nos sorprende cómo vencen el temor. Pero cuando queremos ponerlo en práctica descubrimos que no es tarea sencilla, descubrimos que dar los pasos para conseguirla a veces es muy difícil, a veces no podemos dar ni el primero, vemos, al intentarlo, la realidad de nuestra miseria, reconocemos el temor y la falta de osadía, nuestra cobardía. Y no sólo eso, se complica más, porque puede suceder que nos encontremos en el otro extremo, que no nos cueste nada, o hasta encontremos placer, desdeñar nuestro propio miedo a tal grado que terminamos exponiendo nuestra propia integridad al volvernos temerarios, llegando a despreciar lo más valioso que tenemos que es nuestra vida, limitada. Esto es muy grave porque despreciamos la obra de Dios, así nos ha hecho Dios y desde ahí ha dispuesto la manera de encontrarse con nosotros, esa es la naturaleza limitada que asumió en la Encarnación y que transformó, y que quiere en cada uno de nosotros transformar, santificar.

La virtud, al menos la virtud moral, se presenta como algo nada sencillo, pues en lo que se consigue un término medio, uno puede fallar por exceso o por defecto y no siempre somos acertados al distinguir cuando uno se ha excedido o cuando uno está dando miserablemente. Para ejemplificar esto es muy útil hacerlo con los bienes económicos, en la generosidad, por ejemplo, el que es avaro pensará que el generoso es un despilfarrador, mientras que el despilfarrador pensará que el que el “sólo” generoso es un avaro más. Es una dificultad más, parece que hay que estudiar las virtudes y posteriormente hacer un examen de conciencia con humildad para saber en qué posición se encuentra uno, o sea, cómo actúa uno cotidianamente frente a los desafíos y regalos de la vida. Para esta tarea también sirve el consejo de los otros, de los que nos conocen y saben cómo somos.

Antes de continuar hay que hacer algunas distinciones:

Hay tres tipos de virtudes:

  • Morales: son fruto de la costumbre, por medio de ellas nos disponemos a las intelectuales. Se forman con actos repetidos. No nacemos con ellas, pero estamos dispuestos a ellas, de cierta forma son apetecibles, por eso es que las buscamos. También cuando nos hemos acostumbrado a una virtud, eso hace que la busquemos más.  Para formarlas, como se trata de hacer actos repetidos, hay que conocer por cuales actos u operaciones se genera tal virtud, conocer que efecto se sigue de qué causa. Hay formas más efectivas para formar una virtud que otras. Como se trata de hacer cosas, no sólo hay que estudiar lo que es la virtud para saber la verdad sobre ella, sino que hay que poner en práctica lo que aprendamos, y así, adquiriendo la virtud nos haremos buenos.

Son nuestros actos los que tienen el poder y el dominio para generar en nosotros hábitos buenos o malos. Y de nuestros actos sí que somos responsables, hacer buenos hábitos desde la juventud es de suma importancia para el resto de nuestra vida, se vuelven una segunda naturaleza en nosotros, nos hacen más humanos o nos envilecen.

  • Intelectuales: Nacen y se desarrollan por la enseñanza, necesitan de la experiencia de lo enseñado, al experimentarlo se hace propio, se convierte en algo aprendido, eso aprendido es un hábito, si se pone a operar se vuelve virtud. Virtudes intelectuales son: las que corresponden al conocimiento y dominio de una ciencia, la virtud en alguna forma artística, en las intuiciones y, sobre todo, las más importantes, la prudencia y la sabiduría, que corresponden a actuar bien en lo práctico, en lo cotidiano y en lo eterno, buscar el bien, hacer el bien, y disfrutarlo.
  • Teologales: Se piden en la oración y se reciben por gracia, hay que desearlas, desearlas ya es oración. Pero parecen presentar un problema, son virtudes grandes, virtudes muy altas en las que no se admite un término medio, pues todo término medio buscado sería negar estas virtudes, estas son la caridad, la fe y la esperanza. Imaginemos a alguien que busca amar a medias, una caridad a medias sería una negación de la caridad, esto no puede ser: la caridad es total o no es. Pero como son teologales, o sea regaladas por Dios, son para Dios y se viven con Dios, lo que las acrecienta más es el ejercicio perseverante de la oración en la que se súplica al Padre que las envíe, para ponerlas luego en obra y hacerlas propias. La oración es fundamental, el verdadero orante es el que posee una caridad ardiente que puede amar aun cuando no sienta nada, que tiene una esperanza viva, espera con alegría aun cuando todo parece estar acabado y que es lúcido en la fe, que sabe ver, aunque esté en la oscuridad.

Este artículo pretende mostrar una forma en la que el buscar las virtudes morales puede llevarnos a acrecentar las teologales, pues estas son las que más importan, sobre todo la caridad, la práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual de los hijos de Dios, cuando uno se sabe hijo, se puede decir que ya está del otro lado, ya se encuentra en una relación familiar con Dios.

El proceso para conseguir las virtudes morales

Hemos dicho que alcanzar la virtud es una labor ardua, cualquiera que haya querido conseguir una lo puede atestiguar. Es duro el momento en el que uno descubre que no es virtuoso, o que, aunque tenga algunas virtudes, ve que existen otras que parecen imposibles, pero uno no debe desanimarse por esto, mucho menos desesperar, pues en esto se descubre que uno ha dado el primer paso: Desear la virtud. Desear la virtud significa reconocerla como algo bueno, como algo que conviene conseguir, algo por lo que vale la pena hacer esfuerzos y sacrificios, si la deseas, de cierta forma ya la tienes, en potencia la tienes, o al menos tienes una idea clara del bien al que hay que aspirar.

Desearla es el primer paso, hay que poner manos a la obra para conseguirla. El siguiente paso es deliberar si es posible o no para mí alcanzarla, deliberar qué tanto esfuerzo necesitaré, o si ya estoy medio dispuesto para obtenerla. Si es posible conseguirla se elige buscarla, elegir es el último paso (en lo intelectual), cundo se elige la virtud, se puede decir que la elección es ya un apetito o deseo deliberado sobre aquello que sí depende de ti, algo conseguible, es el primer paso para pasar de lo teórico a lo práctico. Y respecto al vicio, estas ya muy lejos de él, pues en el corazón has dejado de desear y de elegir como máximo bien aquello que, es placentero sí, pero que no me deja vivir libre y pleno. Elegir es, como afirma Santo Tomás, el origen de todo acto genuinamente humano (cfr. I-II, q.13, a.2, co.), siguiendo esta línea argumentativa podemos afirmar que lo que elige cada quien es lo que lo define como persona, lo que lo hace ser quien es, la libertad que Dios nos ha dado nos la ha dado para elegirlo a Él, las virtudes son medios para conseguirlo.

Una buena deliberación es usualmente lo que lleva a un mejor resultado a la hora de perseguir la virtud y eliminar un vicio, lo pondremos en otras palabras, si se piensa en el valor de la virtud, en la utilidad de tenerla, en qué tanta libertad obtendré si la consigo, que tan placentero será vivir así, y que tanto me acercará a la felicidad, todo esto muy en lo concreto de mi vida cotidiana, es más fácil que estemos dispuestos a vencer otros apetitos que se oponen a la voluntad de hacer actos concretos para conseguirla. Pasa igual con los vicios, muchos métodos para dejar adicciones, empiezan por hacer que reconozcas tu vicio y que veas tu debilidad para superarlo, con esta base comienza el proceso de hacerse consciente de todo lo que ha dañado en concreto ese vicio específico y, así, cuando se ha visto por fin cara a cara al enemigo y se ha visto su horror, es más fácil deliberar en contra de él para aniquilarlo, aún contra toda costumbre, aún contra todo el placer inmediato que produce, aún contra todo modelo aprendido o pensamiento reforzado.

De manera que para conseguir la virtud se necesita disciplina, para lo cual proponemos el siguiente plan de cuatro pasos:

  1. Piensa en una virtud que te gustaría tener (Valentía ante los temores, templanza ante los placeres, generosidad con los bienes económicos, mansedumbre ante la ira, veracidad en lo dicho, buen humor en el juego, magnanimidad ante los honores, o, la más grande, humildad frente a la vanidad, orgullo y soberbia), o en una aspiración de la vida, en dónde quieres estar en 5 o 10 o 20 años, esa será tu motivación, mientras mejor puedas imaginarte ya habiéndolo conseguido, más servirá como motivación.
  2. Es momento de hacer una lista, realizable, de cosas difíciles de hacer y de cosas buenas que se hacen y que son placenteras pero que se hacen poco. Hay que poner primero las cosas que ya tienes que hacer, primero los deberes, después cosas difíciles, que posiblemente no disfrutes al momento, pero que identifiques que te hacen bien, o que admiras al verlas en otros.
  3. Ahora establece momentos del día para hacerlas, que sean diario, si se puede, pues la virtud se forma en la costumbre. Es importante que establezcas el momento del día para hacerlo y una cantidad medible, por ejemplo, hacer “X” durante media hora, o hacer “Y” 20 veces por la mañana, rezar “Z” devoción durante un mes, etc.
  4. Por último, establecer un momento en el día, o varios, para hacer examen de conciencia, este es imprescindible, pues en el examen de conciencia se pasa revista sobre lo que se pudo hacer o no se pudo hacer.

 

Suena bien en papel, el problema es la puesta en práctica. Arriba se mencionó que este articulo pretende mostrar cómo el buscar las virtudes morales puede llevarnos a acrecentar las teologales, aquí es donde sucede, después del examen de conciencia.

El examen

La virtud es la plenitud o perfección de algo que nuestras propias pasiones, pensamientos y acciones llevadas a su colmo, a su plenitud, a su perfección. Es llevar al máximo de nuestras posibilidades aquello que Dios nos dio como don para trabajarlo y multiplicarlo, entonces perseguir la virtud no es algo distinto a perseguir la santidad cuando se tiene a Dios como cúspide de las aspiraciones personales.

Al hacer examen de conciencia sobre lo que se pudo y no se pudo lograr en la lista preparada uno no debe desanimarse al ver que la difícil lista no se ha podido cumplir, esto no debe ser visto como una derrota, es en realidad una victoria. Te adelantamos desde ahora que no podrás hacerlo todo, no importa que tan fuerte sea tu voluntad, que tan clara sea tu determinación, tu naturaleza está rota, y vas a caer, pero no debe sorprenderte esta realidad, es lo más normal en las almas: caer. Lo verdaderamente grande es levantarse después de la caída, lo verdaderamente grande es hacerse pequeño, reconocerse como alguien que quiere, que quiere mucho, que quiere con todo el corazón, pero que no puede, no solo, que necesita ayuda para levantarse y volver a intentarlo.

El triunfo del miserable.

Aquel que se ve miserable o débil ve que no es capaz de hacer por sus propias fuerzas aquello que deseó con el corazón, y descubre que debe de voltear a ver a Dios, y ahí entiende que si no pudo lograrlo fue porque confió en sus fuerzas y no en las de Dios. El momento de la debilidad se convierte en un momento de victoria, precisamente por esto, porque el débil logra voltear a ver a Dios si su examen de conciencia es honesto. Al hacerlo uno puede darse cuenta que en realidad, no sólo no pudo cumplir tus propósitos porque no tuvo la gracia, sino que también, los propósitos que logró cumplir fueron por la gracia de Dios, y no por sus fuerzas. Descubre que “todo es gracia”. Cuando entendemos esto, nos volvemos agradecidos. La debilidad es una victoria de la humildad sobre la soberbia, de la confianza en Dios sobre la auto-referencialidad, es una victoria de la nueva Ley sobre la vieja ley, es el paso en el que uno se entiende como un hijo de Dios, cuando uno ve que no es un súbdito, o un soldado, o un siervo, sino un hijo, un hijo de Dios que recibe todo de su Padre, en ese momento, uno está mucho más adelante en el camino de la virtud que el que se aferra a sus fuerzas, a sus justificaciones y a sus caprichos.

¿Qué es todo este deseo, deliberación y elección sino un acto de un amor inflamado por el Amor mismo? ¿qué es toda esta confianza sino una Fe lúcida que sabe que Dios es, sobre todas las cosas, que reina y que quiere reinar en mí?, ¿qué es toda esta determinación por seguir hacia Dios, sino una Esperanza viva que sabe que Dios permanece fiel y no defrauda?

Así crece el corazón, así caminamos hacia el Amor de los amores, así caminamos hacia Dios. El camino de la virtud es el camino de la santidad, sí y sólo sí lleva a Dios, sí y sólo sí te lleva al amor, si te saca de ti y te lleva al otro. El premio por conseguir la virtud es grande, el más grande, es la felicidad eterna, la virtud misma, la que no se acaba, es una Persona, el premio es poder ver a Dios cara a Cara. Es difícil conseguir la virtud, pero vale la pena, vale la vida entera.

 

Viva Cristo Rey y Santa María Reina

¡Feliz Pascua de resurrección!

 

 

 

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