Tiempo de Conversión

Por: José Manuel Hernández Martínez

 

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 50, 12).

 

Precisamente lo central del tiempo de Cuaresma consiste en las palabras del salmo antes dichas.  Hoy damos inicio a la Cuaresma, un tiempo en que Dios, por medio de la Iglesia, nos invita a entrar en nosotros mismos; un tiempo en el cual se nos permite reflexionar y mirar nuestras miserias, y junto a esto hacer actos ascéticos que nos ayuden a enmendarlas, pero no acciones asiladas, huecas, sin sentido, sino con el fin de obtener una verdadera y autentica conversión del corazón.

Es tiempo de que el pecador acuda arrepentido a Dios, es momento de que la criatura reconozca su pequeñez, sus límites, su caducidad. Y es precisamente esto último lo que significa la ceniza. En palabras del santo Juan Pablo II «En este tiempo, en el que nos preparamos para revivir litúrgicamente el misterio en cruz del Redentor, debemos sentir y vivir más profundamente nuestra mortalidad». El hombre necesita de su Creador, puesto que es un ser limitado, mortal, pecador, necesita poner su mirada en Aquel que está pendiendo de la Cruz, por amor a él.

 

La ceniza no es un signo de suerte, bastantes personas tienen bajo su mirada este gesto como algo supersticioso, y es algo que debemos desterrar de los corazones. La marca de la cruz en la frente debe ser signo de arrepentimiento, de volver de nuevo el corazón al corazón de Dios. Es signo de reconocer que sin Él nada somos, en Dios está cimentado nuestro ser y nuestra existencia.

Es una oportunidad llena de gracia y misericordia, en donde Dios nos mira con compasión sabiendo que somos de barro, frágiles. Es un tiempo en donde nos asemejamos a Cristo, cuando estuvo en el desierto. Son 40 días en donde unidos a nuestro arrepentimiento, a las obras de misericordia, a la ascesis, a la cual la Iglesia nos invita, como el ayuno y la abstinencia, el corazón se prepara para vivir fuertemente la Pasión del Señor.

Normalmente vivimos tan a la “carrera”, en puro activismo, sin hacer una pausa sobre qué es lo que estamos haciendo, en qué estamos dedicando nuestro tiempo. La Iglesia nos invita a detenernos, a reflexionar sobre nuestra vida a la luz de Dios, a refugiarnos en los brazos de misericordia del Padre, sabedores que solo en Él encontramos el sentido de nuestra vida, solo en Él encontramos el perdón que nos limpia, nos levanta del “fango”, nos saca del abismo.

 

Es momento de reconciliarnos con Dios, y a la par con nuestros prójimos, parece sencillo, pero es un camino en donde siempre hay que tener en cuenta estos dos elementos, es un proceso en el que sólo se puede avanzar con la gracia de Dios y con sincero sacrificio. la perseverancia en Dios es clave para la conversión de corazón.

Si te parece monótona la vivencia de la Cuaresma, es porque seguramente no has entendido el sentido de este tiempo. ¿De qué nos sirve la imposición de la ceniza, si con ello no encontramos la luz de la esperanza de la vida nueva, la cual se nos concedió en Cristo por parte de Dios?

La cuaresma exige una vivencia intensa, de mortificación, encaminada siempre a unirnos profundamente de una manera especial al sacrificio redentor de Cristo. Es tiempo es signo de esperanza pues Cristo ha venido a levantarnos a nosotros que permanecíamos derrumbados, ha venido a iluminarnos a nosotros que nos encontrábamos en tinieblas. Por esto esta vivencia de la Iglesia invita a entablar una relación profunda con Dios.

La conversión a la que invita Dios de una manera intensa durante la Cuaresma no consiste en vivir los actos ascéticos de manera superficial, sin sentido, es decir solo aparentemente, la práctica ascética: la oración, el ayuno, la abstinencia, debe vivirse principalmente desde el interior, tiene que tener su fuente en la relación intima con Dios.

Nuestro corazón debe purificarse, de aquellas acciones que hacen que se endurezca, que se “pudra”, y de toda acción mala, pues del corazón es de donde provienen. La verdadera conversión, el arrepentimiento de los pecados, unido a una autentica comunicación con Dios, lleva a tener una experiencia de reconocer que en Él está la salvación, la vida, y la purificación de las intenciones guardadas en nuestro corazón. Dios desea que nosotros pidamos con íntima confianza la conversión de corazón, el perdón de nuestros pecados. Debemos disponernos a la gracia de Dios, y unido a esto recordemos lo que nos dice el profeta Ezequiel 11,19 «Les daré un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne».

Escriba una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.