Luz de las naciones.

Por: Berardo Valle Rodríguez, CCR.

 

“Ahora Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo,

según lo que me habías prometido,

porque mis ojos han visto a tu Salvador,

al que has preparado para bien de todos los pueblos;

luz que alumbra a las naciones

y gloria de tu pueblo, Israel”.

 

El próximo viernes 2 de febrero celebraremos la fiesta de la presentación del Señor en el Templo, aquella que nos narra el evangelio de Lucas que sucedió “habiendo transcurrido el tiempo de la purificación de María”, cuando ella y José llevaron al niño al templo para cumplir con lo prescrito por la ley.

En el relato del Evangelio llaman especialmente la atención la figura de dos ancianos que, sin tener relación uno con el otro, aguardaban pacientemente el cumplimiento de las promesas del Señor sirviéndole con ayunos y oraciones en el Templo. Es Simeón, “varón justo y temeroso de Dios”, el que, al tomar en sus brazos al niño pronunció las palabras con las que este escrito ha comenzado, añadiendo aquellas otras de “Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones” (Lc 2,34). Y en efecto, ¿qué otra imagen se podría utilizar para describir la venida de nuestro salvador, si no es aquella de la luz? Ya el profeta Isaías, varios siglos antes de la llegada de Cristo había anunciado: “El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz; sobre los que habitaban en tierra de sombra de muerte, la luz ha resplandecido sobre ellos” (Is 9,2). Él es la auténtica luz, aquella que ilumina aún las tinieblas más densas; es él el único que puede llevar luz ahí en donde parece haber solo oscuridad, el único que puede llevar gracia y salvación ahí donde sólo había pecado.

Y, con todo, no quiso actuar solo. Cristo comparte su luz, y a través de la Iglesia hace partícipes a los hombres de llevar luz al mundo que vive en tinieblas. La vida consagrada ha sido considerada, desde hace mucho tiempo, precisamente como aquella que tiene la misión de llevar la luz de Cristo; no le corresponde pretender brillar con una luz propia, sino ser reflejo de la luz divina. Es por esto que el día 2 de febrero, conocido popularmente como día de la candelaria (es decir, de las candelas, de la luz) es también el día de la vida consagrada, como una especie de recordatorio de aquella gran misión que tienen todos los consagrados de ser luz, una luz que no siempre es aceptada, y que en muchas ocasiones resulta más bien incómoda para el mundo acostumbrado a las tinieblas.

Sin embargo, aun cuando la vocación de los consagrados es, por excelencia, la que está llamada a ser espejo vivo de la vida de Cristo, la Iglesia no son solo ellos, y el mandato de ir y predicar a todas las naciones, de ser luz para los pueblos, no fue dirigido solo a ellos. La Iglesia somos toda la comunidad de bautizados, y fue precisamente en el bautismo en donde se nos comunicó a todos los cristianos la luz de Cristo. Todos somos enviados a llevar su luz, no es un mandato que se nos imponga más allá de nuestra posibilidad, pues la luz ya nos ha sido dada por medio del bautismo, y aunque la herida del pecado empañe nuestra luz, contamos con poderosos medios para reavivarla: cada vez que nos acercamos a la penitencia y a la eucaristía volvemos a encender en nuestros corazones la luz de Cristo.

La Constitución dogmática sobre la Iglesia, fruto del Concilio Vaticano II, que precisamente lleva por nombre Lumen Gentium, es clara cuando dice que “A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el mundo, y allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento.”[1]

Sin afán de dar una mirada pesimista de la realidad en que vivimos, nadie puede negar que se trata de un mundo sumergido en las tinieblas de la confusión y el pecado, y el darnos cuenta de esto no es para que nos sentemos a lamentarnos de la época que nos tocó vivir. No, Dios te pensó desde la eternidad y te regaló la vida precisamente en este tiempo porque sabe que, a pesar de todas tus imperfecciones, puedes reflejar algo de su luz para iluminar este mundo de oscuridad. Has sido cubierto con la luz de Cristo, él te invita a ser con él, luz de las naciones, y está esperando tu respuesta.

[1] Lumen Gentium, 31

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