Conversión de san Pablo: “Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre”

“¿Quién es este viajero
al que el Señor acecha en el camino
y con su luz derriba por el suelo?

¿Quién es este violento
al que el Señor elige de entre todos
para mostrar la fuerza de su verbo?

Contra Jesús, se dirigía a Damasco,
y después, por Jesús,
recorrerá la tierra, predicándolo.
Cumplir con la ley era su orgullo;
la gracia del Espíritu después,
timbre de gloria, único.

Para él sólo tendrá significado
conocer a Jesús
y a este Señor Jesús, ¡crucificado!
Compartirá las pruebas del Señor
y así compartirá también la gloria
de la resurrección. Amén.”

Himno del Oficio de Lectura,

Fiesta de la Conversión de San Pablo

 

Por: Pablo Tomás Patrito, CCR

Hoy, por gracia de Dios, la Iglesia celebra la conversión del apóstol san Pablo: el perseguidor que se volvió testigo, el soberbio que se hizo humilde, el ciego que llegó a ver a Dios y se preocupó por transmitirlo al mundo entero.

La historia de la conversión del Apóstol nos es conocida. Los múltiples testimonios que tenemos recogidos tanto por san Lucas en los Hechos de los Apóstoles como en las mismas Cartas de san Pablo  nos narran, con diversos pormenores, un hecho fundamental: que Saulo se encuentra con el Resucitado y que este encuentro le cambió la vida: se convierte, se integra a la Iglesia y se dedica anunciar el Evangelio por doquiera vaya.

Ahora bien, para recuperar su vista e ingresar a la Iglesia, Saulo necesitó de la mediación de Ananías, un discípulo de Damasco a quien el Señor llamó por medio de una visión para imponerle las manos y sanar su vista (cf. Hch 9, 10-12). Es muy interesante el diálogo entre el Señor y Ananías en torno a Pablo; y hoy, con motivo de la Fiesta, vale la pena detenernos en él.

Después de que el Señor se aparece a Ananías en visión para que vaya con el futuro Apóstol, los Hechos relatan lo siguiente:

13Respondió Ananías: «Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y de los muchos males que ha causado a tus santos en Jerusalén, 14y que aquí tiene poderes de los sumos sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre.» 15El Señor le respondió: «Vete, pues he elegido a éste como instrumento para llevar mi nombre a los gentiles, a los reyes y a los israelitas. 16Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre.» (Hch 9, 13-16)

San Pablo y el Nombre de Jesús

Estos tres versículos son riquísimos. De los muchos tesoros que podemos meditar, vayamos a uno que es el central y, sin lugar a duda, el punto de ilación entre partes muy identificables: el Nombre de Jesús.

Dentro de este pasaje, hay tres referencias al Nombre de Jesús: primero, en el v. 14: Saulo es el hombre que tiene poder para apresar a los que invocan el Nombre; segundo, en el v. 15: el pecador es escogido por Dios como instrumento para llevar el Nombre a todos; tercero, en el v. 16: Jesucristo le enseñará a Pablo lo que debe sufrir por el Nombre. Ya este primer acercamiento nos revela algo importantísimo: la persona toda de san Pablo, su persona y sus acciones, se hacen comprensibles cuando se colocan frente al Nombre de Cristo. Busquemos profundizar en esto.

Si bien no podemos detenernos ahora en las implicaciones teológicas sobre lo que significa la expresión “el nombre de Jesús”, hay que tener presente que, para la mentalidad judía, el nombre es como el doble de la persona: donde está el nombre, está también la persona. Es un elemento esencial de la personalidad, el signo de la dignidad de quien lo lleva[1]. El Nombre, con mayúscula es propio del Señor; y así, ya para los primeros cristianos, hacer referencia al Nombre de Jesús era reconocerle su divinidad igual al Padre.

San Pablo, perseguidor del Nombre

De este modo podemos comprender, en primer lugar, la gravedad de la precisión (y objeción) que Ananías le hace Cristo: “Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y de los muchos males que ha causado a tus santos en Jerusalén, y que aquí tiene poderes de los sumos sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre.” (Hch 9, 13-14). Lo ilustrativo de esto es que nos revela cómo era Saulo: alguien de mala fama, un asesino que había estado de acuerdo con la muerte de cristianos (Cf. Hch 8, 1), alguien que hacía daño y lastimaba a otros, un aliado de los poderes terrenales que impedía el crecimiento de la Iglesia.

Así, la primera relación de Saulo con el Nombre de Jesús es de antagonismo. Saulo es un pecador y un pecador empedernido. No hay que tener pudor en señalarlo (más adelante comprenderemos por qué), pero a pesar de que Saulo era una persona culta, de buena posición social y económica (su cultura y la relación con los Sumos Sacerdotes dan pie a creerlo), es decir, a pesar de que Saulo era poderoso a los ojos del mundo, era una lacra de persona. Él mismo lo reconoce en numerosos testimonios: solamente en los Hechos hay dos (Cf. 22, 1-21 y 26, 4-29); y en sus cartas hay muchos más, por ejemplo: le dice a Timoteo “antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente.” (1 Tm 1, 13); a los gálatas: “Seguramente habéis oído hablar de mi conducta anterior en el judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la iglesia de Dios para destruirla…” (Ga 1, 13), etc. Hay que afirmarlo: Saulo pecó mucho contra Dios he hizo sufrir a muchos.

San Pablo, instrumento para el Nombre

Pero ahora vamos al segundo punto en cuestión, que es todavía más impactante: Dios no desmiente a Ananías, ni matiza sus palabras ni pone excusas a las terribles acciones de san Pablo. No lo solapa ni pone circunstancias atenuantes. Es más, en su silencio (podemos imaginar un silencio de Dios) tampoco hace reproche alguno a Ananías: se limita a repetir la orden que le había dado en el v. 11: “Vete”. Jesucristo le dice a Ananías que, aún con todo lo que se sabe de ese pecador, vaya a cumplir con la misión de sanarlo, de introducirlo a la Iglesia. La única explicación que da es su omnipotencia: “porque yo lo he escogido”.

Y he aquí que Pablo adquiere una nueva identidad en su nueva forma de relacionarse con el Nombre: ya no es el perseguidor, sino que es el escogido para llevar el Nombre. Andaba tras el Nombre para apagarlo, y terminó siendo iluminado por Él.

San Pablo, sufriente por el Nombre

Ahora bien ¿qué pasó con el reclamo de Ananías? ¿Dejó Dios en saco roto los reclamos? ¿Ignoró a las familias destrozadas por la persecución? ¿Hizo caso omiso a sus barbaridades? ¿Lo hizo apóstol suyo así como si nada hubiera ocurrido antes? No sería de reprochar, de fondo, si una persona de corazón puro llegara a hacerse estas preguntas. Lo repetimos: ni Dios le reprochó esto a Ananías, que era evidentemente un hombre bueno. Pero la verdad es que, después de afirmar su voluntad (que se muestra como algo firmísimo que no cede ante el horror del pecado), da una respuesta misteriosa a las objeciones de Ananías: “1Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre”. (Hch 9, 16).

Estas misteriosas palabras marcan el tercer momento de la relación de san Pablo con el Nombre de Jesús, y son radicales. ¿Qué significan? Una lectura superficial podría llevarnos a creer que Dios hace una afirmación vindicativa cuyo significado sería: “como hizo sufrir a otros, yo lo haré sufrir también”. Sería muy humano leerlo así, pero ciertamente nada cristiano. Desde el Génesis, pasando por los Profetas y el mismo conjunto del Nuevo Testamento ponen el sufrimiento como un medio para alcanzar salud.

El penitente

De hecho, pasar de una vida de pecado a una vida de seguimiento de Cristo es realmente una conversión. Pero toda conversión implica un rumbo definido hacia el destino al cual se quiere llegar, Dios mismo, dejando atrás el punto de origen que se quiere dejar, la vida de pecado. En ese sentido, toda conversión implica una aversión: dirigirse y amar a Dios implica abandonar y odiar el pecado; porque “«Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se dedicará a uno y despreciará al otro” (Mt 6, 24) o con las mismas palabras de san Pablo: “¿No sabéis que, si os ofrecéis a alguien para obedecerle, os hacéis esclavos de ése a quien obedecéis? Así, la esclavitud al pecado conduce a la muerte, y la obediencia a Dios, a la justicia.” (Rm 6, 16).

Así, se puede decir que un primer sentido del “sufrir por mi nombre”, en este contexto, va ligado a la expiación y a la penitencia necesarias en el camino de conversión. En este sentido, hay también muchos pasajes donde Pablo exhorta a dejar las obras de la carne para vivir la vida nueva según el Espíritu, vida que hemos conseguido por la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús[2]. Por ejemplo, cuando san Pablo deja la misión en Derbe, exhorta a los discípulos que quedaron allí diciéndoles: “Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.” (Hch 14, 22). Tan expiatorio es el sufrimiento, que es incluso fuente de esperanza y motivo de alegría:

“Más aún, nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 3-5)

El testigo, el mártir

Pero el sufrimiento como expiación no lo explica todo. Hay aún un sentido más profundo para las palabras de Jesús a Ananías: en los mismos Hechos, Lucas narra que los miembros del Sanedrín “llamaron a los apóstoles y, después de haberlos azotado, les intimaron que no hablasen en nombre de Jesús. Luego los dejaron en libertad. Ellos abandonaron el Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre.” (Hch 5, 40-41).

Este pasaje ilumina entonces las palabras dirigidas a Ananías de un modo intrínseco y radical: el sufrir por el nombre de Cristo es dar testimonio de Él. El sufrimiento de expiación lleva a una configuración con Cristo; la renuncia al pecado, por la gracia, permite al discípulo afirmar junto con Pablo: “Ahora estoy crucificado con Cristo; yo ya no vivo, pero Cristo vive en mí. Todavía vivo en la carne, pero mi vida está afianzada en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 19-20). Quien confiesa a Dios sufre, porque, como dijo Jesús:

“Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero el mundo os odia porque no sois del mundo, pues yo, al elegiros, os he sacado del mundo. Acordaos de lo que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi palabra, también la vuestra guardarán. Pero todo esto os lo harán a causa de mi persona…” (Jn 15, 18-21).

Es más, este sufrimiento por Cristo constituye una bienaventuranza: “Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan, y cuando, por mi causa, os acusen en falso de toda clase de males. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.” Mt 5, 11-12

Así, las palabras: “Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre” (Hch 9, 16), son, en el fondo, una garantía de la fidelidad de Dios para Pablo; una muestra de su misericordia. Con estas palabras, Dios sella su omnipotencia y asegura a san Pablo su fidelidad. Por eso puede decir con tanta alegría: “Ahora me alegro de los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi cuerpo lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia.” (Col 1, 24). Por eso, de perseguidor pasó a penitente y de penitente a testigo y de testigo a mártir. ¡Hay que afirmarlo y agradecérselo a Dios! Justo por haber sufrido con alegría por el Nombre de Jesús, san Pablo fue aquel instrumento finísimo que confesó al mundo entero la verdad más importante de todas, el mensaje que nos llena de esperanza y que nos impulsa hacia una vida nueva: “¡Jesucristo es el Señor!

 

[1] Cf. De Ausejo, S. Diccionario de la Biblia. “Nombre” Barcelona, Herder 1975

[2] Cf. Por ejemplo Gal 5, 16-24; Rm 5, 1-11; etc.

Una respuesta to “Conversión de san Pablo: “Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre”

  • Excellent artículo, habla al corazón, muchas gracias por tomar el tiempo de escribirlo.

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