Mirad, ¡ya viene el rey excelso!

Por: Jorge Fernando García Acevez, CCR.

 

El reino de Dios esta cerca. Estad seguros: no tardara

Como cada año después de haber celebrado la Solemnidad de Cristo Rey del Universo y la fiesta del Apóstol San Andrés vamos comenzando un nuevo año litúrgico con la etapa del Adviento. Para el común de las personas este es un signo quizás de la proximidad de unas vacaciones para descansar, o el cierre de un ciclo escolar para pasar más tiempo con la familia. Pero como cristiano lo que más anhela en el corazón es la etapa navideña, esa etapa donde el corazón regocijante de cada persona pretende dar lo mejor de si a los demás.

Pero si bien la navidad es a partir del 25 de diciembre y festejamos el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, el Salvador… ¿Cuál es el motivo de vivir una etapa de Adviento?

La etapa litúrgica que la Iglesia postula como Adviento, es una etapa de espera, de una espera anhelante que comúnmente podremos decir Esperanza. La etapa del adviento mantiene en el corazón un inquieto deseo de la espera del Mesías (Cristo), que vendrá a visitarnos con el plan de salvación de Dios, realizando en plenitud su Reino de justicia y de paz. Esta inquietud que se produce en el corazón inunda los corazones de los hombres, pues en Él se cumple la certeza de que Dios lleva a cabo sus promesas que fueron anunciadas por los antiguos profetas.

Esta fuerte esperanza que conmueve a la humanidad, debe ser asumida por cada uno en su corazón y a su vez compartida, porque no es cualquier persona que la que va a nacer, sino el mismo Hijo del Dios vivo. Y la preparación de cada uno en su corazón debe ser con gran intención de dar acogimiento al Salvador y así poder compartirlo con los demás que le aman y ama.

Sin duda alguna todo cristiano anhela que con la venida de Cristo reine la justicia y la paz, donde unas condiciones de vida dignas y una convivencia pacifica hagan armoniosas las relaciones entre las personas y entre los pueblos. Pero entre nuestra sociedad hay una realidad que nos abruma, hay obstáculos y dificultades, donde la fuerza y las valentías para comprometerse en favor del bien están en peligro de ceder el paso al mal, que fructifica estas realidades. Ante todas estas realidades es la esperanza, acompañada de la fe,  la que actúa y encuentra consuelo y fuerza en el Salvador, que es Jesús. Esta es la razón por la que Jesús viene a los suyos, a la creación que su Padre ha hecho, pero es necesario que los suyos (nosotros los cristianos) busquémosle con sincero corazón, con un corazón puro como lo marca la bienaventuranza “Bienaventurados los puros de corazón porque ellos verán a Dios”. Y he aquí donde entra el sentido de la Esperanza, una esperanza en el amor, en el amor inmenso que proviene de Dios en su Hijo Jesús, que sacia nuestros corazones con la caridad perfecta. Este es el culmen verdadero de la espera de adviento.

“Mirad viene ya el Rey excelso, con gran poder para salvar a todos los pueblos”[1]

Así como la invitación del salmo 23 ante esta aproximación del Rey, Salvador del mundo “Portones alzad los dinteles, levantaos puestas antiguas: va a entrar el rey de la gloria”[2]. Esa invitación de alzad los dinteles y levantar las puertas antiguas es un llamado a renovar los corazones, a prepararlos lo más dignamente, porque vendrá el Rey, el Rey del universo el Rey que traerá consigo la Gloria que ofrecerá a los hombres de puro corazón.  Pero ¿Quién es ese Rey de la gloria?[3], nos cuestiona el corazón que con anhelo busca encontrar paz entre las tribulaciones… “El Señor, héroe valeroso; el Señor, héroe de la guerra… El Señor, Dios de los ejércitos, Él es el Rey de la Gloria…”[4] Él es lo que anhela el corazón como consuelo ante todas las adversidades del mal, es el vencedor que vendrá a nacer así en el corazón de aquellos que desean recibirle, nacerá en aquellos corazones que están dispuestos, que están llenos de fe y esperanza en Dios.

Estemos preparados pues ante la venida de aquel que será vencedor y Rey sobre el mal, estemos preparados como aquellas mujeres precavidas del evangelio que tomaron los recursos necesarios para salir al encuentro con el novio. Esos recursos que nos son necesarios para recibir al Hijo de Dios, el Salvador, sin duda alguna es la pureza de corazón que se obtiene por la frecuencia en los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía, la oración constante a Dios, así también acompañado de acciones caritativas con aquellas personas que lo necesitan, en cortas palabras, llevar a cabo las obras de Misericordia, siempre con profundo amor, con fe y esperanza en el Salvador.

Alcemos un himno que resuene todos los días “Ven, ven Señor no tardes”, piando a Dios un aumento de fe, de esperanza y de amor…  “¡Queremos creer y esperar en ti Señor!”

Pues en esta etapa del adviento que inicia salgamos a preparar nuestro corazón con humildad para recibir al Rey supremo. Salgamos a recibirlo como Iglesia santa de Dios, hagamos que su Reino se establezca, y no perdamos tiempo porque está por venir y no tardará.

 

 

[1] Ant. LH. Sal. 23

[2] Sal. 23;7

[3] Sal. 23; 8

[4] Sal. 23;8-10

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