¡Jesucristo es el Señor!

Por: Pablo Tomás Patrito CCR

El domingo pasado la Iglesia Universal celebró la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Como una joya, esta celebración cierra un ciclo litúrgico y prepara la apertura del adviento de un modo perfectamente orgánico mediante una confesión que es un grito, un clamor esencial para todo cristiano: ¡Jesucristo es el Señor! El artículo de hoy se centrará en algunos aspectos de dicha confesión que unen la solemnidad del domingo con el inicio del adviento.

Jesucristo, el Rey que vino

Jesús predicó la venida del reino con palabras y obras. Él deja en claro que, al hacerlo, cumple la voluntad del Padre, que es algo inminente y que Él tiene autoridad para hacerlo. La “Buena nueva” que anuncia, el Evangelio, es el Reino. Pero, hay algo aún más trascendente: Él mismo es esa Buena nueva, él mismo es el Reino (cf. Lc 4, 14-21). Por eso: “Al ser él la «Buena Nueva», [dice san Juan Pablo II], existe en Cristo plena identidad entre mensaje y mensajero, entre el decir, el actuar y el ser. Su fuerza, el secreto de la eficacia de su acción consiste en la identificación total con el mensaje que anuncia; proclama la «Buena Nueva» no sólo con lo que dice o hace, sino también con lo que es.”[1]

Ahora bien, la confesión de Jesús como el Cristo, como el Mesías esperado, como el Rey y Señor se hace plena tras su Pasión, Muerte y Resurrección: “¡Señor mío y Dios mío!” dice Tomás en un acto de fe tan contrito como glorioso (Jn 20, 28). Un reconocimiento patente de la realeza de Cristo por su cruz y resurrección está en el himno de la Carta a los Filipenses (2, 6-11): el Verbo de Dios se humilla completamente. Se humilla, primero, desojándose de la manifestación su divinidad para asumir la naturaleza humana. Él, siendo pleno y perfecto, asume las imperfecciones de un humano; el que es todo e infinito, toma un cuerpo y se limita (cf. Hb 10, 5), haciéndose esclavo y servidor de todos (cf. Mt 20, 28).

Como si lo anterior no fuera suficiente, Jesús, el Verbo de Dios hecho carne (cf. Jn 1, 14), se humilló todavía más por su Pasión y su Muerte. Santo Tomás señala que la voluntad humana busca preservar la vida y la fama[2]; ¡y Jesús renuncia a ambas cosas! Muere, y muere en la cruz. Renuncia a su vida y además renuncia a un buen morir: “Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada (…) nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado.” (Is. 53, 3.4). Pero su humillación (¡y recordemos que estamos hablando de Dios mismo!) todavía fue mayor porque lo hizo en una entrega absoluta de la voluntad. Testigo de esto son las desgarradoras palabras del evangelio: “«Abba –Padre– todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya»” (Mc 14, 36); de las cuales hace eco el Apóstol en el mismo himno (cf. v. 8): lo entregó en una obediencia total. Dice santo Tomás al respecto:

De aquí que queriendo mostrar la humildad perfectísima de la Pasión de Cristo, dice que se hizo obediente; porque si hubiese padecido, mas no por obediencia, no fuese tan alabado, ya que la obediencia da el mérito a nuestros trabajos y padecimientos. Mas ¿cómo se hizo obediente? No con voluntad divina, porque es la regla, sino con la humana, que en todo se dejó gobernar por la voluntad paterna (cf. Mt 26). Y muy a pelo introduce en la Pasión la obediencia, pues la primera prevaricación fue por desobediencia (cf. Rm 5, Pr 21). Y es claro que esta obediencia es de gran precio y aprecio; que entonces la obediencia es grande, cuando contra el impulso propio sigue la orden ajena .[3]

Ahora bien, a esta entrega y humillación total de su vida y su dignidad, el himno contrapone la exaltación de Jesús. ¡Jesús resucita! Y la Resurrección sella la veracidad de su prédica y revela su dignidad oculta: el Padre lo coloca por encima de todo y se hace patente su Nombre, el Nombre al cual la creación entera rinde culto, el Nombre que hace que todo y todos le obedezcan y reconozcan de rodillas, el Nombre del Resucitado que revela su majestad absoluta: ¡el Señor Jesús el Cristo: ΚΥΡΙΟΣ  ΙΗΣΟΥΣ  ΧΡΙΣΤΟΣ! (Flp 2 ,6-11).

Así, la confesión de fe cristiana “¡Jesucristo es el Señor!” es la proclamación de la majestad que se ha hecho absoluta por su Muerte y su Resurrección: “La cruz es el “trono” desde el que manifestó la sublime realeza de Dios Amor:  ofreciéndose como expiación por el pecado del mundo, venció el dominio del “príncipe de este mundo” (Jn 12, 31) e instauró definitivamente el reino de Dios.”[4]

El Reino que es y que ha de venir

Ahora bien, si Cristo es Rey ¿en qué consiste su reinado y cuándo se ha de cumplir? Lo primero lo responde el mismo Cristo ante Pilato: “Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn 18, 37). Es decir su Reino es un reino de verdad; y el máximo testimonio de la verdad es el que Dios en la cruz: la verdad de que Dios es amor (1 Jn 4, 16). “En aquel momento sobre la cruz se muestra que él es rey. ¿De qué modo es rey? Sufriendo con nosotros, por nosotros, amando hasta el extremo, y así gobierna y crea verdad, amor, justicia.”[5]

Por eso, el reino de Cristo ya empezó, nos consta porque “su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto”[6]. La instauración plena y total del reino la esperamos en la segunda venida de Cristo, en la Parusía. Allí vendrá a hacer justicia por las injusticias, enderezará a los que se doblan (cf. Sal 154, 14), perdonará las culpas y curará las dolencias (cf. Sal 103, 3). Justo esto es lo que se medita en las lecturas de las misas de la primera quincena de Adviento.

Ahora bien, naturalmente nos surgen las preguntas: ¿por qué Dios se espera?, ¿por qué no viene de una vez? ¿Cuándo consolará a los que lloran? Las tribulaciones y dolores son reales para nosotros, los cristianos, ¡pero incluso estos padecimientos son motivo de alegría! Porque los vivimos en Cristo y porque, como dice san Pablo: “Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.” (Rm 5, 3-5).

Así, la espera genera en nosotros el deseo de Dios, traducido en la virtud teologal de la esperanza, y también es una oportunidad de conversión: “mientras esperan esto, procuren vivir de tal manera que él los encuentre en paz, sin mancha ni reproche” (2 Pe 3, 14); lo cual también enseñó Cristo en la parábola del trigo y la cizaña (que es una parábola del reino): si Dios viniera hoy mismo, ¿cuántos de los que podríamos salvarnos, nos condenaríamos? (cf. Mt 13, 24-30).

Así, el reino es para nosotros algo que ya ha comenzado: lo anunciamos con la Muerte y lo proclamamos por la Resurrección; pero también, esperanzados, anhelamos su realización definitiva gritando: ¡Ven, Señor Jesús!

[1] Redemptoris Missio, 13

[2] Super Phil., cap. 2 lect. 2

[3] Ibidem

[4] Benedicto XVI, ANGELUS Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo Domingo 26 de noviembre de 2006

[5] Benedicto XVI, AUDIENCIA GENERAL, Miércoles 22 de agosto de 2012.

[6] Spe Salvi, 31

 

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