¿Qué tienen que ver política y religión?

Por: José Antonio Ibáñez Rubio

 

De mañana y con café en mano, le preguntaba un amigo a otro, harto de que siempre estuviera leyendo noticias políticas y grillando desde el celular, “¿por qué te tomas la política tan en serio?”, con una ligera risa en su voz, al darse cuenta de la ignorancia de su compañero de cuarto, pensando en cuántos más no piensan que es inútil y vano su trabajo, le respondió: “porque con ello sirvo a Dios, y porque la política salva vidas, por eso”.

Al pensar en los términos política y religión juntos, hay muchas personas que se escandalizan, y establecen que no deben tener nada que ver el uno con el otro. Además son dos temas en que suele haber grandes diferencias, tan polémicos como juntar dos suegras celosas a discutir el mejor platillo para una cena navideña, o elegir el mejor equipo entre americanistas y chivistas. Sin embargo, ambos temas tienen en común un objetivo enorme: el bienestar de la sociedad. El campo propio de la política son las estructuras temporales (dinero, leyes, familia, sociedad, etc.), y de la religión las realidades espirituales (la felicidad, el amor, el perdón, el sentido de la vida, la relación con Dios, etc.), éstas son muy diferentes entre sí, mas no están separadas en el hombre, al contrario, una influye íntimamente en la otra. El bien en el espíritu, último objetivo de la religión, desarrolla valores que permean en la construcción del bien común de la sociedad, objetivo último de la política.

La religión libera el espíritu del hombre encadenado por sus vicios, por su pecado; pero cuando es utilizada para un fanatismo violento e intolerante se autodestruye, cae en su antítesis. La política encadena a los hombres al poder cuando es mal empleada; y cuando es ejercida bien, libera, da de comer y eleva al hombre al organizarlo y dirigirlo a la construcción de grandes sociedades. Sin embargo, cuando una persona utiliza los valores que le da su religión, para servir virtuosamente a su pueblo, velando por el bien común, la práctica política se vuelve en acto religioso, pues en el servicio público también se sirve a Dios. Por supuesto sin dejar de lado que el gobernar es servicio para todos los miembros de una sociedad, todos los cuales tienen dignidad, derechos y libertades; por lo que no es lícita la imposición de cualquier credo religioso, pero sí lo es promover que los ciudadanos tengan una vida espiritual y moral plena, para lo cual la religión es un extraordinario medio.

El cristianismo enseña a amar a Dios y al prójimo, desde tu realidad concreta, desde tu profesión, desde tu día a día; por lo que en la profesión política se tiene la oportunidad de servir a toda la sociedad como prójimo, ¡es un acto inmenso de amor!, y se necesita un corazón verdaderamente grande para cumplir dicha misión. Ahora bien, no se necesita militar en un partido político o trabajar en el gobierno para ser político, sino que desde cualquier profesión, al tener como objetivo servir a toda la sociedad, generar condiciones de bien común, ya se ejerce la dimensión política, y se ama con el corazón más noble.

El gran modelo de integración entre religión y política es Santo Tomás Moro, que murió por defender antes sus valores que servir al rey Enrique VIII, y lo hizo contento, con gran entereza y heroísmo. Heroísmo, santidad, martirio es lo que sucede cuando un hombre decide servir a los ideales que no perecen antes que la voluntad de los déspotas. Heroísmo, espíritu de servicio y amor a la humanidad es lo que se necesitan los políticos de hoy, para construir las sociedades que todos queremos.

 

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