Festividad de todos los santos

Por: Cristobal Yair Torres Vega CCR

 

El celebrar la festividad de todos los santos implica el hacer memoria de aquellos que nos han precedido por el camino, siguiendo las huellas de Cristo, nuestro Señor, aquí en la tierra. Sin duda que la celebración a los muertos en nuestra patria es una realidad que se ha dado desde hace mucho tiempo, y que guarda una relación muy profunda con la religión católica. En referencia a una de las obras de misericordia espiritual, pedir por los vivos y los muertos representa un hecho de la realidad terrena en comunicación con la vida futura.

Ahora bien, la santidad dentro de esta realidad es posible por el hecho de que ya son bastantes los que han vivido una experiencia religiosa y partiendo de ella, su sentido de vida ha tornado en algo excepcional. Dicho esto, surge ahora la cuestión por el preguntarse sobre quiénes son los santos. Y se puede responder desde la parte en que es evidente que son aquellos que no son tan diferentes a nosotros. Lo que han hecho ellos es permitir que Dios iluminara sus vidas, por medio de la respuesta que dieron desde su contexto propio. Es decir, que para obtener la santidad no hay que tener una situación y circunstancias particulares. Sino que solo hace falta la voluntad del individuo más la voluntad divina, en conjunción de ambas para la salvación de la persona. Pues es Dios quien tiene la iniciativa de ofrecer dones y gracias a todos los bautizados para redimir y elevar su naturaleza corrompida por el pecado, pero que aun así puede alcanzar la Bienaventuranza eterna. Es en el bautismo donde la persona recibe de Dios los dones y virtudes necesarios para transformar su realidad en algo excelente. Uno de ellos en el don de la Fe, que supera nuestra realidad. Puesto que partiendo de ella, la persona puede alcanzar a ver realizada la promesa recibida de parte de Dios.

Dios nos quiere santos como Él lo es (Cfr. Mt 5, 48). Pero ahora, recuperando la idea de ver la vida de los santos como un modelo, se presenta la cuestión de saber si hay un solo modelo o diversos modelos de vida para alcanzar la santidad. Se podrían presentar objeciones diversas con relación a dicha cuestión. Quizá podrían presentarse diversos argumentos entorno a que son muchos los modelos de vida, puesto que la vida de cada uno de los santos es particular y única en sí misma.

Contra esto: el catecismo de la Iglesia católica dice en los numerales 459 y 460, que Cristo tomó la iniciativa de encarnase para ser nuestro modelo de santidad. Y por Él se puede alcanzar la participación a la naturaleza divina, como se expresa en las sagradas escrituras.

El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: “Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí… “(Mt 11, 29). “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la Transfiguración, ordena: “Escuchadle” (Mc 9, 7; cfr. Dt 6, 4-5). Él es, en efecto, el modelo de las bienaventuranzas y la norma de la Ley nueva: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15, 12). Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34).

 

El Verbo se encarnó para hacernos “partícipes de la naturaleza divina” (2 P 1, 4): “Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios” (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 19, 1). “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios” (San Atanasio de Alejandría, De Incarnatione, 54, 3: PG 25, 192B). Unigenitus […] Dei Filius, suae divinitatis volens nos esse participes, naturam nostram assumpsit, ut homines deos faceret factus homo (“El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres”) (Santo Tomás de Aquino, Oficio de la festividad del Corpus, Of. de Maitines, primer Nocturno, Lectrua I).

CEC 459 y 460

A todo esto respondo: el término modelo se puede entender de dos formas: una en particular y la otra de forma específica. Cuando se habla de modelo en particular se hace la relación con la vida de los santos, puesto que cada uno es en relación a sí mismo y el cual se subordina a un solo modelo en específico. Cuando se habla de modelo específico se hace referencia a Cristo, como único modelo de Vida, pues así lo ha manifestado (cfr. Jn 14, 6). Es decir, que cada modelo está orientado, por la intuición divina que infunde el Espíritu Santo, a seguir el camino de Cristo. Solo hace falta que la voluntad del hombre se deje guiar y le permita transformar su realidad. El hombre aspira a la felicidad, y durante su camino por sus propias fuerzas no puede alcanzarla. Es necesario que se le provea de una fuerza extrínseca para potencializar a un más su naturaleza.

El seguir a Jesucristo implica el actuar y hacer el bien a nuestros hermanos como Él lo hacía, amar como él. Por lo tanto, el ser santo implica una verdadera amistad con Jesús, el aceptar y comprender que Él nos ama, una relación en donde le permitimos a Jesús entregarnos el amor y todo lo que Él quiere regalarnos. No porque se haya hecho algo para merecerlo, sino por su amor y su misericordia para con todos los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Hay una lista muy larga de santo y santas como por ejemplo: Santo Tomás de Aquino, Santa Teresa de Jesús, San Agustín, Santa Teresa de Liseux, San Felipe Neri, Santa Mónica, San Buenaventura, Santa Cecilia, San Ignacio de Loyola, Santa Juana de Arco, San Vicente de Paul, Santa Martha, San Rafael Guisar y Valencia, y muchos más que dan testimonio del amor de Dios. Por el hecho de que permitieron a Dios obrar de una manera sin igual en sus vidas, siguiendo fielmente lo que habían recibido en su bautismo. Pues el don de la Fe que habían recibido lo aprovecharon al máximo, no se guardaron nada para sí mismos, todo se lo entregaron a Él. Y por eso ahora ellos están gozando de los bienes celestiales. Incluso el Papa san Juan Pablo II nos exhorta a vivir la santidad desde nuestra realidad, pues él lo hizo dejándonos un testimonio valioso para seguir las huellas de Jesús. Y para poder lograr ser santos, nos dice que es necesario hacer oración. Sin la oración como se podrá saber lo que Dios me dice. La oración es un diálogo íntimo con Él. No solamente hay que recitar fórmulas memorizadas, sino que hay poner el corazón en ellas. Se ha de buscar el perdón por las faltas cometidas a Dios, en el trato con nuestros hermanos. Dios nunca se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acercarnos a su corazón misericordioso. Y si se comprendiera esto, nos acercaríamos más seguido a reestablecer la amistad con Él y ser felices. Es por medio de nuestra frecuencia a la Eucaristía que se nos proveerá de la fuerza que necesitamos para liberarnos del peso de nuestros pecados. Es en la Eucarística donde se hace presente Jesús que se nos entrega para nuestra salvación y se nos da en la comunión. Pues nos basta la gracia de Dios para poder seguir adelante pese a las adversidades que nos asechan, porque es en la debilidad donde se manifiesta el poder de Dios, y así lo atestigua el apóstol San Pablo (Cfr. 2 Cor 12, 9). La confianza en Dios debe ser absoluta, pues es Él el único que puede librarnos de nuestra tendencia al pecado. Otra forma de saber qué es lo que Dios pide de ti es acercándose a las Sagradas Escrituras, estudiar y aprender lo que el catecismo enseña, para adquirir sabiduría de Dios y hacer lo que a Él le agrada. El amor a Dios implica también darlo a conocer a los demás, simplemente no se puede callar aquello de lo que nos viene la felicidad. Es necesario llevar el mensaje de Dios a todos, puesto que es importante llevarles a otros la alegría que produce el encuentro con Jesús. Se debe ser misionero en cualquier lugar demostrando el amor de Dios con nuestro comportamiento, y ayudando a otros con nuestro testimonio de lo que implica la santidad. Es en el cielo donde la siempre Virgen, María santísima junto a su esposo san José, los apóstoles, los mártires y todos los santos nos estarán aguardando el día que alcancemos el triunfo por medio de nuestro Señor Jesucristo. Pero, hace falta estar atentos a lo que Él nos pide y jamás rendirnos. Ellos nos aguardan allá, no se olvidan de nosotros, piden a Dios por nosotros.

La santidad es salir de sí mismo para encontrarse con aquel que nos lo ha dado todo. La santidad es para todos, nadie queda excluido. La santidad es posible en cualquier tiempo. Solo hace falta poner el corazón para lograrlo, comprometerse con Jesús para obtener la verdadera felicidad. Dios nos quiere santos, y tú, ¿Quieres ser santo?

 

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