Cristiano: guerrero por la santidad

Por: Juan Pablo Flores Martínez CCR

 

«Como buen soldado de Cristo Jesús, entra valerosamente a tomar parte en el esfuerzo común. El soldado que se alista para la guerra no se enreda en las ocupaciones materiales de la vida diaria, si quiere agradar al que lo reclutó; el atleta que toma parte en el concurso no recibe la corona si no lucha según el reglamento; y el labrador que trabaja y se fatiga es el primero que tiene derecho a la recolección de los frutos. Entiende bien lo que quiero decirte, pues ya hará el Señor que lo comprendas todo». (2Tim 2, 3-7)

 

Por un designio amoroso del Padre hemos sido elegidos para formar parte de su heredad. Por medio del bautismo hemos sido constituidos hijos del Dios altísimo, y por ende, herederos del Reino. Es Él quien en su providencia nos ha puesto en el seno de una familia cristiana, y nos ha forjado el camino para que llegásemos a formar parte del gran ejército que es la Iglesia; esto último mediante la unción que se nos da en la confirmación. ¡Gran privilegio es éste, el ser parte de tan majestuoso Ejército, comandado por el mismo Cristo!

Recordemos ahora las palabras del Apóstol, que nos invita a que con valor tomemos «parte en el esfuerzo común»; esfuerzo de la Iglesia por procurar que el Señor reine en este mundo, el cual en ocasiones pareciera hundirse en un abismo de dolor y obscuridad; en una profunda caverna de soledad y angustia, en donde se encuentran las almas de aquellos que, alejándose del Amor, han decidido morir en vida y se han adentrado en su propia tumba; aquellos que deliberadamente han querido voltear el rostro hacia el pecado en lugar de voltear a ver al prójimo, en lugar de ver a Dios. Ante esta actitud podría uno preguntarse ¿qué orilla a los hombres a rascar más hondo al punto que, cubiertos ya con tanta tierra, no puedan ver más la Luz?

Sin lugar a dudas es posible afirmar que todo hombre busca la felicidad, incluso aquellos de los que ya hemos hablado, sin embargo a pesar de que este deseo está inscrito en el corazón de cada uno de nuestros corazones, no todos han llegado a encontrar el verdadero camino que conduce a ella, y se han dejado guiar por cosas que los llevan por sendas aparentemente fáciles y atractivas, pero que finalmente resultan ser realmente tortuosas, y no sólo eso, sino que son veredas al borde de riscos de los cuales uno inevitablemente cae. Mas qué mejor ejemplo de que el hombre está hecho para las alturas que éste de arriesgar la propia vida en pos de alcanzar una cima, en pos de alcanzar la plenitud; en pos de ser feliz.

Ya los antiguos griegos sabían muy bien que el hombre tiende a la felicidad, es decir, la tiene como fin último, y orienta todo su actuar en favor de la misma. En otras palabras, todo lo que el hombre realiza, lo hace procurando ser feliz, y esto no es otra cosa que alcanzar su propia perfección. Sería absurdo pensar que alguien buscase el mal por el mal mismo, pues la realidad nos demuestra otra cosa. Tratando pues de entender qué es lo que orilla al hombre a descender  de la montaña que está llamado a conquistar,

podemos ver que no es otra cosa sino el deseo mismo de alcanzar la plenitud aunado a un desconocimiento de aquello en lo que ésta reside, pues como dice santo Tomás cuando trata sobre la bienaventuranza y la concupiscencia: «quienes pecan se apartan de aquello en lo que se encuentra realmente el fin último, pero no de la intención del fin último, que buscan equivocadamente en otras cosas»[1]. Así pues, el anhelo de inflamar el propio ser de gozo es parte de la naturaleza misma del hombre, y el que algunos traten de colmar su alma con fines inferiores como lo son el placer, el dinero o el honor se explica a partir de la inquietud del corazón que busca descansar en Dios, pues como afirma el Apóstol: «en él fueron creadas todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra, los seres visibles y los invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades: todo fue creado por medio de él y para él»[2], aunque es importante señalar aquí que la búsqueda innata de la felicidad no justifica el cambiar lo más grande y perenne por lo más ínfimo y efímero, ya que a los cristianos nos ha sido revelado que sólo en Dios reside la plenitud de nuestro ser. El mismo Platón decía: «no se debe honrar más a un hombre que a la verdad»[3], pero el cristiano cree y sabe que Hombre y Verdad confluyen en Cristo mismo, de tal modo que todo el obrar del hombre ha de orientarse hacia la Verdad, la Caridad y el Bien, ha de orientarse al Señor.

A pesar de lo anterior, es preciso recordar que, incluso los que hemos conocido el mensaje de la Salvación y que por el bautismo somos portadores de la divina gracia, no estamos exentos de alejarnos del Padre y voltear la mirada a cosas pasajeras; fijar la vista en lo que se acaba y pasa en vez de hacerlo en Aquel que permanece para siempre inmutable. La condición de pecadores nos es propia a todos, pues hemos desobedecido a Dios y le hemos rechazado deliberadamente. En esto consiste el gran drama del género humano, en que siendo Dios el Sumo Bien no pudo haber creado algo que se apartara radicalmente de su naturaleza, sin embargo el hombre observa otra cosa en su cotidianidad, a saber, que hay mal en el mundo, y que muchas veces el mal tiene su origen en el hombre mismo, en el pecado.

Adentrarnos en el problema del mal sería materia para otra ocasión. Lo que ahora conviene es recordar nuestra naturaleza, la cual es buena por ser criaturas –lo que es más, hijos– de Dios, pero siempre inclinada al pecado, a cumplir la propia voluntad, a aferrarse a lo transitorio en miras de alcanzar cierta perfección. Al respecto valdría recordar aquellas líneas del Simarillion de Tolkien, donde nos recuerda que la raíz del mal está precisamente en alejarse de la voluntad divina, de la Llama Imperecedera que es Dios.

«Pero ahora Ilúvatar escuchaba sentado, y durante un largo rato le pareció bien, pues no había fallas en la música. Pero a medida que el tema prosperaba nació un deseo en el corazón de Melkor: entretejer asuntos de su propia imaginación que no se acordaban con el tema de Ilúvatar, porque intentaba así acrecentar el poder y la gloria de la parte que le había sido asignada. A Melkor, entre los Ainur, le habían sido dados los más grandes dones de poder y conocimiento, y tenía parte en todos los dones de sus hermanos. Con frecuencia había ido solo a los sitios vacíos en busca de la Llama Imperecedera porque grande era el deseo que ardía en él de dar Ser a cosas propias, y le parecía que Ilúvatar no se ocupaba del Vacío, cuya desnudez lo impacientaba. No encontró el Fuego, porque el Fuego está con Ilúvatar. Pero hallándose solo había empezado a tener pensamientos propios, distintos de los de sus hermanos»[4].

Es cuando olvidamos que toda felicidad reside en Aquel que lo ha creado todo, que nos desfiguramos, precipitándonos de tal modo a un abismo de soledad, en donde lo único que existe es el «yo», un «yo» que no sacia ninguno de nuestros más sublimes deseos, sino que al contrario, nos arrastra cada vez más a la desolación. Y cuando pareciera que no hay salida del pozo profundo en el que nos hemos clavado, surge de lo alto, con tierna firmeza, una mano de Padre, que, doliéndose de ver a sus hijos tan lejos de él, sale en su auxilio y los toma, esperando ser correspondido.

   Si bien es cierto que somos pecadores, también lo es que Dios es infinito amor y misericordia, de modo que surge en nosotros la esperanza de la salvación; la esperanza de volver a ver el Rostro de Dios en toda su gloria, pues si caemos, él está ahí para levantarnos, para curarnos la heridas, para perdonar hasta la más grande de las ofensas. Él permanece fiel, incluso cuando le hemos traicionado, y nos aguarda ansioso a la puerta, esperando a que tomemos la resolución de levantarnos, dirigirnos hacia la casa celestial y reconocer que hemos pecado contra él. La confesión se vuelve entonces, no sólo un deber del cristiano, sino un lugar de encuentro amoroso con el que a todo corazón contrito perdona.

Sabemos bien que somos soldados del gran ejercito de Cristo, y hemos de reconocer que sólo por medio de él venceremos. Confiemos en su grandeza y poderío, pues ante él se doblará toda rodilla. Dobleguémonos, pues, ante el Señor, sabedores de que a pesar de nuestras faltas el nos sacará de la basura para sentarnos entre príncipes, los príncipes de su pueblo.

 

[1] Summa Theologica, I-II, Q. 1, a. 7.

[2] Col 1, 16.

[3] Platón, República, 595c.

[4] Tolkien, J. R., El Simarillion, p. 3.

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