Portadores de Dios

Por: Ignacio Lozano Cobos, CCR.

 

Las anécdotas de grandes hazañas, de momentos realmente importantes de la historia, nos pueden llegar a erizar la piel, sobre todo al escucharlas de aquel que fue testigo, o, más aún, protagonista, pues en él encontramos algo – en sus ojos, en su voz, en su palabra – que nos remite a lo fundamental del momento. Por eso, cuando nos preguntamos por nuestra vida cristiana, es decir, cuando tenemos sed de vivir mejor nuestra Fe, descubrimos en la vida de los santos una gran fuente, de la cual podemos beber algo de lo verdaderamente fundamental: el encuentro con N.S. Jesucristo. Desde aquel “todos los creyentes vivían unidos, y todo lo tenían en común” 1, hasta el testimonio de los santos de nuestros días, hay una continuidad en ese misterio del cristiano, que lleva un tesoro en vasijas de barro 2, que por el Bautismo se ha convertido en portador de Dios; misterio que tan frecuentemente olvidamos.

Precisamente esta semana, el 17 de Octubre, celebramos la memoria de San Ignacio de Antioquía, Padre Apostólico, Obispo y mártir, que singularmente nos recuerda este gran misterio. Él mismo, al escribir sus cartas camino al martirio, se presenta con el sobrenombre de Teóforo, es decir, portador de Dios. Pero no es un sobrenombre cualquiera, sino que, en él, expresa su más profunda identidad de Hijo de Dios, de discípulo de Cristo. Es, a la vez, dignidad y misión, pues quien porta tan magnífico tesoro, no puede hacerlo en vano: “no se enciende una vela para ponerla debajo del celemín” 3.  No es de extrañar que sea lo primero que encontremos en cada una de sus epístolas. Es como si nos dijera, antes que nada: “Cristiano, no olvides tu gran dignidad, tú y yo somos ahora antorchas en un mundo que ansía la luz”.

 

Para quien alguna vez ha tenido la experiencia de peregrinar de noche, ver una antorcha encenderse, para iluminar el camino, es inspirador. Quien la porta, une al grupo, y le da la seguridad de caminar en la esperanza de que llegará a su destino. Así fue San Ignacio en su camino desde Antioquía hasta Roma, una antorcha que irradió la luz de la Fe, la Esperanza y la Caridad por donde quiera que pasó. Es hermoso escuchar de su propia voz cómo alienta a las iglesias a mantenerse “hasta el fin en la fuerza de la fe” 4. Con delicadeza envía saludos, bendiciones, y se alegra de los testimonios de fidelidad 5; pero a la vez, consciente de que la caridad no le permite callar 6, con energía previene y corrige las desviaciones. Es un pastor que lleva en su corazón a los demás, haciendo suyas sus alegrías y sus preocupaciones, preocupado ante todo por la unidad con el Obispo y la fidelidad a la Fe.

Así como, de Nuestro Señor, nos dice San Lucas que “pasó por la vida haciendo el bien” 7, así su fiel discípulo Ignacio pasó por las iglesias rumbo a Roma. No hubo alguna que no se beneficiara de su consejo, de su consuelo, de su testimonio. ¡Qué gran ejemplo para nosotros! Aprendamos de él para que en cada espacio en que estemos, en cada encuentro con los demás, en cada conversación, como teóforos, seamos consuelo y alegría y luz para nuestros hermanos. En nuestro mundo, tan lleno de malos testimonios, de desencuentros, de conflictos, será reconfortante para muchos encontrarse con la novedad de un corazón generoso y atento. Pero si decimos: “Qué bien suena…ya será cuando resuelva yo mis propios problemas”, nuestro santo nos responde: “Desde Siria hasta Roma he venido luchando con las fieras…viniendo atado entre diez leopardos, o sea, una compañía de soldados…Sin embargo, con sus maltratos paso a ser de modo más completo un discípulo” 8.

Esto último nos puede parecer algo fuera de nuestras posibilidades; y lo es, porque es Nuestro Señor, y no nosotros, quien lo logra. ¿A qué va San Ignacio a Roma, a dónde se dirige? A la victoria verdadera, al único laurel por el cual vale la pena desgastarse: la vida eterna. Pero para llegar a él, el camino es el de la cruz, el de la renuncia de uno mismo, el de la entrega sin condición. Ese es el camino que emprende desde Antioquía, y no con desanimo, ni con desgano, sino que, a la vez que va haciendo el bien, sufre los desencantos de la prisión con paciencia, sabiendo que así se va configurando como verdadero discípulo de Cristo. Es aquí donde descubrimos la profundidad de un corazón que puede decir: “Mi amor está crucificado, y no queda ya en mí fuego para consumir la materia, sino sólo un agua viva que habla dentro de mí diciéndome desde mi interior: «Ven al Padre.»” 9. Ese mismo corazón podemos tener, si emprendemos el camino hacia nuestra “Roma” personal, si en lugar de pretender nuestros propios intereses, nos dejamos conducir por Nuestro Señor.

“Soy el trigo de Dios que ha de ser molido por los dientes de las fieras, para ser presentado como pan limpio de Dios” 10. Dios quiera que la gran hazaña de la vida de este mártir insigne nos erice también la piel, para que con fervor renovado podamos responder a su consigna: “Mantente firme como yunque cuando lo golpean. A un gran atleta le corresponde recibir golpes y triunfar” 11. Con el auxilio de Nuestra Madre, por amor de Dios, como trigo, demos fruto en el servicio y el trato de los demás; por amor de Dios, tomemos la cruz de cada día, para llegar a ser alimento bueno para gloria de Nuestro Señor y bien de nuestros hermanos.

 

1 Hch 2, 44

2 cf. 2 Cor 4, 7

3 Mt 5, 15

4 A los Efesios, XIV

5 cf. A los Trallianos, I

6 cf. A los Efesios, III

7 Hch 10, 38

8 A los Romanos, V

9 A los Romanos, VII

10 A los Romanos, IV

11 A Policarpo, III

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