Un mal silencioso

Por: José Manuel Hernández Martínez

 

No temas enseñar la auténtica enseñanza de la Iglesia y que el mundo te rechace, porque tienes la Verdad, y la Verdad nos hará libres” Mons. Phillip Reilly

Actualmente estamos viviendo una época tan superficial, tan egocéntrica, tan paupérrima en valores, tan hueca y vacía, que el verdadero sentido de la vida se ha desvirtuado y relativizado, contraponiendo el verdadero valor de la vida, por uno falso.

Vemos que entre la sociedad la cultura de la muerte se ha introducido fuertemente, sobre todo en los jóvenes. Pareciera que la cultura de la muerte este ganado terreno, por todo lo “podrido” que se está viviendo en todos los ambientes. Pero en realidad me doy cuenta de que también hay quienes luchan todos los días, por la cultura de la vida, luchan por la esperanza de una nueva dirección social, hay esperanza, nada está perdido.

Si bien, esta lucha por la vida se extiende a muchas realidades que tanto amenazan  a la vida humana, ya nos decía san Juan Pablo II : homicidios, drogadicción, guerras, tráfico de armas, desequilibrio ecológico, modelos de sexualidad inaceptables, tráfico de personas, en  fin hay tantos males, tantas amenazas a la vida, pero… hay dos que son las peores , pues atacan a aquellos que aún no pueden defenderse, son los que atacan al inicio y al final de la vida humana, porque en esas etapas el ser humano es más vulnerable e indefenso.  Toda vida debe ser defendida, ¡toda! Sin exclusión, incluso la de aquellos que colaboran con el aborto, orar por ellos, pero mayor aún la de aquellos que aún su libertad y voluntad no puede ser ejercida por sí solos, con mucho mayor ímpetu debe ser protegida y defendida.

Por ello me detendré en hablar sobre el aborto, pues es un tema al que he estado cerca en las últimas semanas. “Hay un nuevo Dachau, hay un nuevo Auschwitz, son cientos: se llaman “clínicas de aborto” Mons. Phillip Reilly.

Dios me ha permitido vivir experiencias que me han dejado muy confortado, lleno de Él, en medio del dolor, del sufrimiento, de la caída, de la debilidad, a encontrarme con su rostro doliente. Hace unas semanas asistí acompañado de 6 hermanos de la comunidad al cuarto Congreso de sacerdotes y seminaristas por la vida. Me ha parecido excelente, ha sido una oportunidad para darme cuenta de la crueldad de lo que es el aborto, de las crisis por las que aquellas pobres mujeres que han abortado pasan, la necesidad de

pelear por la vida de un indefenso…

Todos somos responsables del bien del otro, nadie tiene permitido vivir para si mismos, encerrándose, velar por sus propios intereses; todos tenemos un deber grande en la construcción del Bien Común, si tanto nos quejamos porque dicho bien común no se vive, ¿qué estamos haciendo? Existen infinidades de males sociales, males contra la familia, la educación, la Iglesia, pero hay uno que ataca verdaderamente sin piedad ni conciencia, ¡el aborto!

Es brutal escuchar el testimonio de una mujer que se ha visto golpeada en todos los sentidos por el aborto, y contra esto no puede haber refutación alguna, conocer el dolor por el que pasan, simplemente “estruja” la conciencia y el corazón ¿qué hacemos los demás? Sólo estar de espectadores, sólo estar de tibios queriendo que otros se encarguen de terminar con este mal, o “dormidos en nuestros laureles” creyendo que, si ya se aprobó el aborto ya no hay nada que se pueda hacer. Hay otros que permanecen indiferentes ante este sufrimiento, no hay que irnos tan lejos, los mismos católicos, seminaristas, sacerdotes, viven en una indiferencia fatal, es triste decirlo, pero es una realidad, cuando su ministerio, apostolado deben ir enfocado a la vida entera de la persona en todas sus dimensiones, porque recordemos que a quien se sirve es a un Dios Vivo, Jesús nos ha dicho que él es el camino, la verdad y la VIDA,  “Sacerdotes y seminaristas, no pueden ser indiferentes a la crueldad del aborto” Mons. Phillip Reilly

Por eso, todo católico, no solo los laicos, sino más aún, los consagrados a Cristo y a la Iglesia, deben velar por la vida del prójimo. Todos podemos poner nuestro granito de arena, desde nuestros ambientes más cercanos. “No te avergüences de enseñar la verdad que transmite la Iglesia, la gente quiere la verdad, no quiere falsos profetas” Ft. Philip Reilly

Realmente debemos ser provida, luchar con este mal que tanto aqueja a muchas mujeres, y también a hombres, con este sufrimiento que pareciera estar escondido, ahogado, un sufrimiento del que no todos hablan y conocen. Mujeres manipuladas y mal informadas, eso es lo que hacen los que están detrás del asesinato a seres indefensos.

Siempre hay que hablar con la verdad, dejar a un lado los respetos humanos, dejar un lado el “¿que van a decir o a pensar de mí?” ¡Basta¡ hay que decir la verdad, hablar con ella, ya sea con flores o con espinas, la verdad siempre “cala” para aquellos que no están dispuestos a escucharla, alto a las falsas prudencias, no sirve de nada.  Hay que hablar siempre con la verdad, las cosas como son, sin rodeos, al grano, la verdad siempre va a incomodar. “Decir la verdad con amor, pero decir la verdad, y la gente te va a querer”.

La lucha por la vida es un llamado para todo cristiano, si los que apoyan al aborto, tienen iniciativas, hacen proselitismo, se preparan, etc. ¿por qué nosotros no? ¿por qué tenemos que dejarle en las manos de estas personas, la vida de tantos inocentes, de tantas madres confundidas? No hay que tener miedo defender la vida, ¿que nos van a insultar, señalar, juzgar? Lo más probable es que sí, pero vale la pena, decir la verdad vale la pena, decir las cosas claras, como son, es necesario cuando se trata de dar la cara por el otro.

Hay que aclarar que esta lucha no la hacemos nosotros solos, Dios y María, están ahí, acompañándonos, porque en realidad la lucha no es contra el prójimo, sino contra Satanás, quien ha sabido arrastrar muchísimas personas a su causa, a la perdición de tantas almas. Por eso es necesario abrir los ojos, hacer que otros tomen conciencia de la crueldad y seriedad del tema, principalmente los clérigos son quienes más deben fomentar este respeto a la dignidad de toda vida humana, conquistando almas para un bien no personal, no pasajero, sino trascendental.

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