Cristiano: Mártir y Profeta de la Verdad

Por: Juan Pablo Flores CCR

 

«Pero conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante; porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados […]» (Lc 18, 33-34).

 

Por el bautismo hemos sido consagrados como sacerdotes, profetas y reyes, y con ello hemos también recibido la misión de extender el Reino de Cristo a todos los rincones de la tierra, pues habiendo conocido al que es el Amor mismo decimos junto con los apóstoles no podemos callar lo que hemos visto y oído[1], y es esto –el anunciar–, lo que significa ser profeta del Señor.

Cumplir nuestra vocación profética requiere de nosotros el esforzarnos por imitar a Cristo, modelo perfecto de santidad y entrega a la voluntad del Padre y profeta por excelencia. Es por ello que Cristo se ha encarnado, para liberarnos del pecado y de la muerte a precio de su sangre, divinizando así nuestra naturaleza humana y enseñándonos a ser verdaderos hombres, dignos de ser llamados hijos de Dios.

La actitud que Jesús toma al quererle ser prohibido el anunciar con sus palabras y sus obras su mensaje de salvación ha de ser la misma actitud que nosotros hemos de tener al ser testigos de la Verdad, cumpliendo con la vacación profética que hemos adquirido en el bautismo. Tal actitud es una actitud de valentía y de martirio.

Cristo está plenamente consciente de que el anunciar y denunciar lo que el Padre le ha mandado lo ha de llevar a la cruz, sin embargo sabe también que la Verdad no puede ser callada, pues nadie enciende una lámpara y la pone en sitio oculto, ni bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que los que entren vean el resplandor[2], y el Señor, que es la Verdad misma, no vino a vivir en lo secreto, sino a entregarse y darse a conocer a los demás, pues tal es la naturaleza de la Verdad y de la Caridad, no pueden contenerse, tienen necesariamente que salir al encuentro del otro, del más necesitado y ávido de ellas.

Ni los insultos, ni las amenazas hicieron a Cristo desistir de su misión profética. Es ese el ejemplo de valentía que nos da Cristo nuestro Señor, pues para eso nos fue enviado, para que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la Verdad[3], ya que sólo la Verdad nos hará libres[4]. Sólo la Verdad –que es Dios mismo– habrá de llevar las almas al cielo.

Cuántos no han sido los santos que incansablemente han rogado a Dios les muestre su Rostro, les guíe a la Luz, a la Verdad; y muchos han sido los caminos que el Señor en su infinita bondad les ha mostrado, que todos ellos, concentrando sus potencia en encontrarle a él, han hallado también la Caridad perfecta, aquella que llena sus almas de un gozo inigualable y les hace volcarse en amor a sus hermanos, amor que en los casos más excelsos, y por un misterioso don de Dios, hace a algunos imitar a Cristo incluso en la muerte, uniéndose a él en su sacrificio redentor, defendiendo de tal manera y sin temor alguno la Verdad que se les ha revelado.

La sociedad actual vive hambrienta de la Verdad, pues es naturaleza humana el buscarla, y muchos creen poder encontrarla en lo más efímero, la pasajero, lo que es fácil de adquirir y que causa una momentánea «felicidad»; que causa placer. No se dan cuenta estos hombres que muchas veces la Verdad duele, ya que al igual que el Amor, el vivir en ella exige sacrificios, exige entrega y desprendimiento.

Nuestros tiempos nos reclaman comprender a profundidad la misión profética de la cual hemos sido acreedores por medio del bautismo, para así poder vivirla plenamente, siempre de la mano de Jesús, profeta de profetas, y de su santísima madre, que con su vida de perfecta obediencia y abnegación nos da ejemplo de lo que significa anunciar la buena noticia, no con palabras, sino con obras.

El cristiano hoy ha de ser un valeroso defensor del Rey que lo ha comprado a precio de su sangre; valeroso defensor de la Verdad que lo ha hecho libre. Lo que ha de motivarnos a anunciar el Evangelio gozosos, y a denunciar el mal que observamos, es el amor; un profundo amor a Cristo  –Camino, Verdad y Vida–, que se refleje en un ferviente deseo de ver a todas las almas inflamadas en la misma caridad que sienten nuestros corazones, y si hemos de morir defendiendo la Verdad, que sea el mismo anhelo de contemplarla cara a cara lo que no de la fortaleza de poder imitar a Cristo hasta lo último, sabiendo que si hemos muerto con él, también viviremos con él; si nos mantenemos firmes, también reinaremos con él[5].

[1] Hch 4, 20.

[2] Lc 11, 33.

[3] 1Tim 2, 4.

[4] Jn 8, 32.

[5] 2Tim 2, 11-12.

Escriba una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.