Desastres y Esperanza

Por: P. Pedro Miguel Funes Diaz

 

Hemos sido golpeados en los últimos días por varios fenómenos naturales, no solamente en México, sino en otros países. Los huracanes, ciclones, terremotos y otras cosas similares poseen una fuerza tan grande que nos sentimos muy débiles ante ellos, por más que busquemos la prevención y el establecimiento de medidas para afrontarlos cuando se presentan.

En nuestro país hemos aprendido mucho sobre este tema porque hemos padecido también grandes desgracias, pero seguramente se pueden todavía hacer mejor las cosas en este renglón. Ojalá no tuviéramos que lamentar nunca desgracias personales, como ahora, por pocas que pudieran parecer, vista la notable intensidad de los fenómenos, aunque eso es muy difícil de lograr. Cada vida humana es invaluable.

Es posible buscar culpables de lo que sucede… ¡Cómo nos gustaría encontrarlos! Si se hallara alguien sobre quien desquitar la frustración y el dolor, aparentemente nos sentiríamos mejor. Pudiera haber responsabilidades en algún aspecto, tal vez, pero habría que determinarlas con certeza, y eso tampoco es fácil.

De todas maneras y a pesar de todo, una esperanza natural puede verse brillar siempre en estas ocasiones, porque tanto instancias de gobierno como de asociaciones e iniciativas de los ciudadanos surgen para socorrer y apoyar a los damnificados. Es una esperanza porque esto hace ver que en el ser humano no se apaga, hablando al menos en general, la llama de la solidaridad. Seguro se puede hacer mucho más.

Esta esperanza natural la podemos compartir con quienes no tengan nuestra misma fe. Se extiende a otros aspectos de la vida, permitiéndonos escapar del pesimismo al que nos orillan tantas dificultades económicas, políticas y de todo género. En el interior del ser humano queda todavía un sentido de solidaridad y de aprecio a sus semejantes. No se trata de dejarse llevar por una ilusión y negar que existan las injusticias; no podemos desconocer los males en el mundo, pero no debemos dejar de reconocer asimismo los bienes.

Los cristianos comenzamos rezando y pidiendo a Dios por todos los que han sufrido estos males, porque la oración no es lo último que nos queda, sino el primer paso para colaborar directa o indirectamente, según nuestras posibilidades, en el trabajo que queda por hacer. La esperanza sobrenatural nos lleva más lejos, porque creemos que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

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