Los dulces de Dios.

Por: Santiago Adame Alemán, CCR.

 

La vida está llena de avatares, idas y vueltas, momentos dulces y momentos agrios, otros que no sabemos bien a bien, que son más bien agridulces.

Gozar de una buena salud, tener un trabajo estable, poder estar con tus seres queridos, tener buenos amigos, conocer hombres sabios y virtuosos, ser amigo de un sacerdote o de un médico son de esas cosas dulces en la vida. Para quien reflexiona sobre estas realidades, si lo hace con humildad, se da cuenta que todo esto él no se lo ha dado a sí mismo, que se ha topado con ellos por “coincidencia”, por hechos fortuitos en los que nuestra voluntad o determinación nada ha tenido que ver. Muchas veces lo vemos con claridad al ver el contraste, pues vemos personas buenas, que hacen cosas buenas pero que la están pasando mal, y en ese momento nos damos cuenta de lo “afortunados” que somos.

Estas realidades tienen tan buen sabor que tratamos de acomodarnos en esa dulzura, y llegamos a acostumbrarnos, incluso tanto que hasta llegamos a pensar que la vida no puede, ni debe ser distinta.

Para el cristiano, estos hechos no son fruto del azar o de la “fortuna cósmica”, el cristiano sabe que Dios Trinitario tiene presencia en el mundo, que el Padre ha venido a hablar con los hombres, revelando su Nombre, y haciendo una alianza con nosotros, acompañándonos providentemente para que lo alcancemos; que el Hijo se ha hecho carne, para terminar la revelación, dándonos luces para conocer a Dios con mayor claridad, hizo que sea visible para nosotros, pero, sobre todo haciendo el acto redentor, un acto de amor por el que nos puso en una condición a la que el hombre nunca podría llegar por sus propias fuerzas, nos alcanzó el perdón, la restitución de la gracia y la filiación divina, nos rescató de la muerte. Ningún hombre puede hacer eso por nosotros, sólo el Dios hecho hombre podía, y esto no es asunto de hace dos mil años, sino que se queda presente en los Sacramentos, en la Eucaristía de forma verdadera, real y substancial, es Cristo aquí con nosotros en nuestras vidas, nos sigue rescatando de la muerte; y, por último, el Espíritu Santo, ese gran desconocido, que es, sin embargo, con quien más cotidianamente nos relacionamos, Él nos da sus dones para ir hacia Dios Padre, para reconocer el pecado y para lograr salir de Él, es el amor en nuestra vida, la conciencia de bien y la gracia, Él nos da la nueva vida. Hablar sobre la Santísima Trinidad no es el motivo principal de este artículo, pero cuando se presenta la oportunidad de decir cualquier cosa sobre ella, creo que siempre vale la pena, es un misterio hermoso.

Volviendo a las dulzuras de la vida, el cristiano sabe que son regalos de Dios, sabe que son dones del Padre amoroso que da por que quiere, a quien quiere y como quiere, según nuestra conveniencia, para que logremos llegar a Él. Pero como todos los hombres, también el cristiano se acomoda, y aun sabiendo de donde vienen, aun sabiendo que son pura gracia, llegamos a exigirlos como si nos las mereciéramos, o peor aún como si Dios estuviera obligado a dárnoslas. A veces podemos llegar a pensar que, si Dios es tan bueno, debe tener a sus hijos bien, entonces no hay necesidad de agradecer cuando se recibe un don, pues es Dios siendo Dios. Hay que tener mucho cuidado, esto es una tentación.

El peligro de esta tentación es que cuando se acaban esos dones, nos cuestionamos el amor de Dios y hasta su existencia, es impresionante la cantidad de personas que se hacen este cuestionamiento cuando pierden su trabajo, o cuando tienen la dolorosa pérdida de un ser querido, cuando faltan los dones llegamos a preguntarle a Dios: ¿Dónde estás? ¿Por qué me dejaste? ¿Existes?

Es cierto que Dios nos da muchos dones, son como los dulces que un papá le da a su hijo, y que el hijo los disfruta mucho, pero corre el riesgo de amar a los dulces pensando que ama al papá. Puede que en su corazón el amor por su progenitor se vuelque sobre su regalo. Cualquier papá que vea que esto está sucediendo, se da cuenta que debe dejar de darle dulces, que esos dulces lo están haciendo menos humano, que lo están haciendo, quizás, caprichoso, goloso, ambicioso y malagradecido.

Podemos decir que más o menos así es con Dios. Dios da sus dulces y los retira para que no perdamos de vista que nuestro corazón está hecho para la eternidad, y no para lo pasajero, para que no dejemos de buscar nuestra plenitud, para que nos enamoremos de lo sublime y no de lo ínfimo. Como dice San Agustín, “nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.”[1] Dios no quiere que nos acomodemos, sino que salgamos de nosotros a su encuentro, este camino es dinámico, en este camino los dulces son para los niños, los pueden gustar los adultos, pero quien ha madurado sabe que no puede poner en un dulce su corazón, sino en el Padre.

Pasa igual en la vida de oración, cuando empezamos a relacionarnos con Cristo, vivimos momentos muy intensos, cuando uno descubre a Dios, el corazón se inflama, y eso se traduce muchas veces en estados de ánimo muy “vivos”, con emociones muy intensas. El sentido religioso que tiene cada hombre, al toparse con la realidad de Dios, siente en un inicio una conmoción, se traduce a veces en miedo, miedo ante esa inmensidad, para las personas de fe, cuando se admite que eso es Dios, tal grandeza, tal amor se traduce en admiración, en un punto se convierte en un agradecimiento que despierta alabanzas muy vivas, me vienen a la mente muchas experiencias en retiros y campamentos juveniles en los que se alaba a Dios con grandes expresiones emocionales, danzas, aclamaciones en voz alta, en vivos gritos de ¡Viva Cristo Rey!, por ejemplo, y despierta disposiciones muy vivas a darse todo, a ofrecerlo todo, disposición, incluso, a pedirle a Cristo que te deje estar clavado con Él en su Cruz, que te deje ser mártir, un testigo vivo para el mundo de ese amor que se ha descubierto y por el que está tan inflamado. Son experiencias muy hermosas de cercanía con Dios, más intensas que las que te dan los bienes materiales, o la estabilidad laboral. Pero llega el momento en el que esos dulces también se acaban, hay momentos en los que se busca a Dios, se busca esa intensidad, ese ardor de corazón, y uno encuentra silencio, uno encuentra monotonía, uno llega a sentir que ya no “puede” rezar, porque ya no siente esa vitalidad. Es la misma tentación, es esa misma tentación en la que nos podemos enamorar de esos dulces y no de quien nos los da, en la que si no “sentimos” la fe nos preguntamos ¿Dónde estás? ¿Por qué me dejaste? ¿Existes?, pero precisamente la fe es sobre lo que no se ve, Dios te está dando un nuevo regalo.

Mientras pasas por un momento de tribulación o de sequía espiritual, si has creado cierto remordimiento con Dios, o si estás peleado abiertamente con Él, hay una pregunta que puede llegar a ser sumamente incomoda, puede ser muy molesto que alguien te pregunte “¿Estás realmente enamorado de Dios, o de los dulces de Dios?”, pero es muy importante hacerse preguntas así, son preguntas radicales, son preguntas sobre tu fe. A la luz de la respuesta a esta pregunta puedes medir tu estatura espiritual, tu madurez en la fe, y si te mantienes firme en ella, puedes descubrir la mano de Dios en tus afectos y cariños, y en tus sufrimientos y dolores, esas cosas difíciles de entender, pero que influyen tanto en nuestra vida cotidiana. La respuesta a esa pregunta puede llevarte a volver a poner los ojos del corazón en Dios, y retirarlos de sus dulces.

 

Me quiere ganar la pasión para proponer un itinerario para asumir los sufrimientos espirituales y los dolores por cuestiones materiales. Proponer, quizás, el itinerario que siguió algún santo, explicando las respuestas que él encontró al enfrentarse a la pregunta por el dolor y sufrimiento. Pero no lo haré, creo que el itinerario más valioso a nivel personal es el que cada uno puede recorrer, y lo que me parece más fascinante es el ejercicio de escucha de Dios, pues “el viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu.” (Jn 3, 8) En tu vida Dios quiere encontrarse contigo, y te da lo que tú necesitas, descubrir la mano de Dios en tu vida es la parte que me parece fascinante.

Hay que hacerse esa pregunta, aunque no lo entendamos, hay que buscar darle respuesta. En la medida en la que se haga: a) contemplando toda la realidad que se nos presenta; b) con honestidad intelectual, siendo razonables; y c) asumiendo compromisos respecto a lo que vas conociendo, irás descubriendo lo que Dios te dice a ti, encontrarás su mano también en los acontecimientos difíciles de la vida.

¡Ánimo! Dios te bendiga en tu empresa.

¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!

[1] Confesiones I, I

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