El pecado que no elegimos sigue siendo pecado: una reflexión sobre el Trastorno

El pecado que no elegimos sigue siendo pecado: una reflexión sobre el Trastorno

Nota del editor: la siguiente entrada viene de un contribuidor anónimo

Soy una mujer de mediana edad con un trastorno de apego[i]. Por la muerte de mi madre poco después de mi nacimiento y una serie de acciones erróneas por parte de familiares bien intencionados, encuentro extremadamente difícil establecer vínculos con  las personas. En particular, tengo poco sentido innato de lo que implica la paternidad y la maternidad. Incluso hoy, la “familia” es una combinación de vínculos difíciles que a menudo sofocan más que consuelan. Y aun así, rota como estoy, Dios me ama.

Dado mi duro comienzo, mi vida implicó una serie de decisiones basadas en la imitación en vez de la autenticidad. Me casé con un hombre maravilloso, crié un grupo de niños razonablemente bien equilibrados y participé con facilidad en la vida parroquial a pesar de una larga serie de cambios. El diagnóstico, descubierto aproximadamente dos décadas atrás, fue un alivio para mí, dado que previamente había creído que mis defectos eran fallas morales en vez de lo que verdaderamente eran: un completo registro compuesto de respuestas al constante cambio de cuidadores en esos años tempranos. A pesar de esto, sigo estando obligada a responder al llamado del amor.

La razón por la que ofrezco este sucinto testimonio personal es porque es esencial para aquellos que se aferran a Cristo y a su Iglesia que verdaderamente entiendan el pecado y la redención. Si vemos el pecado como una privación, entendemos que cada deficiencia puede inhibir algo de alcanzar su potencial. En este sentido, es difícil trabajar con un taburete tambaleante o un caballo con un guijarro en su herradura porque una persona ni puede sentarse cómodamente en uno ni montar con eficacia al otro. Ellos simplemente no pueden hacer lo que están destinados a hacer, a pesar de que el material, en un caso, y la disposición, en el otro, puedan ser buenos. Y aun así, deformados como están, todavía sirven al plan de Dios.

Cuando se trata de la condición humana, el pecado existe doquiera estamos inhibidos en nuestra habilidad para hacer aquello que estamos creados para hacer, que es amar a Dios, obedecerlo y alcanzar el cielo. El pecado –en cuanto su núcleo es una deficiencia- en por eso cualquier cosa que involucre un uso desordenado de los medios. Pinocho, que dilapidó sus bienes camino a la escuela, ciertamente pecó, pero el hombre que nació con una mano deformada también está tocado por el pecado. A pesar de todo, él (y Pinocho) deben hacer lo que pueden en sus situaciones.

Lo que la Encarnación y la Pasión de Cristo revelaron al mundo es que la creación –rota como está- sigue siendo amada por Dios, tanto que valió el ser redimido por su misma Sangre. En particular, nuestra fe nos muestra que lo que es oscuro y deficiente puede todavía servir como un camino a Dios, con la distinción esencial hecha entre pecado y gracia, siendo esta última la misma vida de Dios presente en el mundo. No hay nada más oscuro que la tortura y muerte de Jesús, e incluso así la salvación del mundo brotó de ese épico pecado. En efecto, a través del peor de los males viene el derramamiento de una bondad que no conoce límite. Los clavos martillados en la carne humana muestran el horror, y aun así Dios, recibiendo humildemente ese horror, regó vida.

Entonces ¿dónde deja esto mi diagnóstico? Constituye un pecado –en cuanto fue  originado por una muerte prematura, compuesto por  decisiones deficientes, y absorbido por la naturaleza caída de una niña confundida. De este estado confuso en sí mismo, he aprendido lo que significa ser un hijo adoptivo de Dios, cuán importante es una vida familiar saludable para cada niño recién nacido, cómo el maravilloso regalo de la sangre  unida a Cristo transforma el caos en parentesco, y cuantos de mis pares sufren divorcio, promiscuidad, múltiplecathopic_1483753125958792s disfunciones, alienación y desorientación desde sus más tempranos años. Ay de aquellos que escandalizan a los pequeños (cf. Mc 9, 42). Con tenaz determinación, me he aferrado a entender la paternidad de Dios y la maternidad de la Iglesia revelados por Cristo para poder reconstruir lo que estaba deficiente en mi vida. Mi comprensión de estas cosas puede seguir siendo más académica que de corazón, pero yo sé que son verdad. No tomo nada por hecho.

Esto me lleva a la mentira desafiante de hoy: la insistencia en que nuestras deficiencias no son pecaminosas, sino regalos en sí mismos, creando todo un nuevo prisma por el cual se entiende a Dios. Nos están diciendo que los distintos diagnósticos psicológicos y los impedimentos físicos no deben ser vistos como impedimentos o privaciones, sino que son enteramente normales ¡por Dios! Esto significa que la revelación –y la fe consiguiente- debe ser ajustada a los trastornos que heredamos, en vez de ofrecer la gracia para llevar esos trastornos a la conformidad con la verdad. Ésta es una afirmación atractiva, pero falsa.

No hay duda de que las deficiencias y los obstáculos que enfrentamos son oportunidades para crecer en la virtud. Un campo rocoso debe ser despejado; de otra manera, no puede dar grano o dar pasto. De hecho, el hombre requerido para proveer la mano de obra será fortalecido en el proceso. En el mismo sentido, un hombre ciego puede desarrollar una gran audición, un parapléjico puede convertirse en un exitoso artista y uno que sufre tuberculosis puede eventualmente exhibir una paciencia heroica –pero ninguno de estas virtudes puede llevarnos a considerar que la ceguera, la parálisis y la tuberculosis son cosas buenas. Ellas pueden ser entendidas como dones solamente en el sentido cristiano, donde las deficiencias son transformadas por la gracia en canales de gracia. Tal es la Crucifixión, que transformó el más grande de los males en el más grande de los bienes.

Si aceptamos las deficiencias como dones, es solamente con la advertencia de que no son lo que Dios quería, pero no son insuperables. Si el hombre ciego llora todo el día, el parapléjico yace envuelto en amarga niebla y el paciente tuberculoso reclama a Dios hasta su último aliento, las deficiencias –el pecado- prevalece. Pero si cada uno se vuelve a Dios y le pide que los pecados sean transformados por su misma Sangre, solamente entonces la gracia puede tomar control y el pecado puede ser superado. La clave está en reconciliar la deficiencia con el plan de Dios a la luz del fin adecuado del hombre y el recto uso de la creación, que está ordenado a tal fin.

Con una visión adecuadamente cristiana, yo sé que mi infancia no fue lo que debió haber sido, pero también que los obstáculos no han impedido a Dios actuar en medio del caos. Mis deficiencias se han filtrado a mis hijos en diferentes maneras, pero incluso así, la salvación no está más allá de su alcance. La única pared de ladrillo que en última instancia puede impedir el propio camino a Dios es  el obstinado malentendido de lo que constituye el pecado.

¡Ay de los que llaman bien al mal y mal al bien, de los que cambian las tinieblas en luz y la luz en tinieblas, de los que vuelven dulce lo amargo y amargo lo dulce! – Isaías 5, 20

Si permitimos que otros recalibren nuestra sociedad –e incluso nuestra comprensión de la fe- para identificar la disfunción como salud  y el trastorno como normal, entonces hemos dejado vacía nuestra habilidad de transformar por la gracia las deficiencias en regalos. ¡Imaginen cómo la idealización de la maternidad indiferente, de la paternidad ausente o de las familias destrozadas afectarán a la siguiente generación de niños! Aceptar tales anormalidades como virtuosas distorsiona nuestra debida relación con Dios y enmascara la trayectoria que nuestras vidas deben tomar si estamos dispuestos a alcanzar nuestro debido fin. Dicho eso, es todavía peor identificarnos a nosotros mismos con nuestros trastornos, como si definieran nuestro ser en vez de simplemente impactar lo que idealmente debería ser de otra manera. Hemos visto esto antes: “Y ellos cambiaron su Gloria por la imagen de un toro que come pasto.” (Sal 106, 20). Tal degradación está más allá de lo trágico.

No volvamos a ese yermo estéril. Distingamos el bien del mal bajo la guía de la enseñanza inquebrantable de la Iglesia. Estamos llamados a amar a pesar de nuestra fragilidad, de nuestras deficiencias y de los impedimentos circundantes. “Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que confían en Él” (Rm 8, 28), y Dios amoroso requiere que aceptemos las distinciones clave. El camino de la santidad es claro, y rotos como estamos, debemos embarcarnos en él –confiando que Su gracia nos será suficiente.

Traducción: Pablo Tomás Patrito, CCR. El original inglés se encuentra en el portal OnePeterFive, aquí.

[i] Una gran cantidad de información acerca de los trastornos de apego se aprendió de la plétora de huérfanos de Europa del Este adoptados en los ’90, la mayoría de los cuales manifestó grandes dificultades para adaptarse adecuadamente a sus nuevas familias. Este artículo resalta esas dificultades. Desde una perspectiva de fe, el trabajo de los Drs. Conrad Baars y Anna Terruwe es excelente, se encuentra aquí. (N. de A.)

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