¡Mira a la estrella, invoca a María!

Por: Bernardo Valle Rodríguez, CCR.

 

La historia de la humanidad ha visto desfilar ante sus ojos numerosos ejemplos de reyes y monarquías que, cada uno con su manera personal de ejercer la autoridad que le fue conferida, han dejado alguna marca, unas veces positiva, otras negativa, sobre aquellos a quienes gobernaron. Aunque ha habido muchos tipos diferentes de reyes, sin duda alguna que la gran mayoría de ellos tienen cosas en común, al menos en las características necesarias que hacen que un rey sea efectivamente rey. Así pues, seguramente escuchar esta palabra nos evoca la imagen de una persona que vive en medio de riquezas, hijo de una estirpe considerada noble, con un gran poder en sus manos y, en muchos casos, con una vida despreocupada.

Sin embargo, esta vez nos encontramos ante un ejemplo que, desde cualquier perspectivDiego-Velázquez-coronacion-de-maria-fondo1a que la admiremos, no parece encajar en el estereotipo que comúnmente tenemos acerca de un rey o una reina. En primer lugar, no se trata de una mujer que resplandezca por ricos vestidos y finas joyas, no habitaba en un gran palacio, ni siquiera en una gran ciudad, no parece ser hija de un gran rey ni esposa de un rico acaudalado, sino que se trata de una humilde mujer de un pequeño poblado llamado Nazaret, hija de familia sencilla y esposa de un carpintero. Pero no son ninguna de estas características, meramente accidentales, las que hacen que María sea honrada con el título de Reina.

María no es reina por haber sido hija de un rey, sino por ser madre del único Rey verdadero, cuyo reino no tendrá fin. Reino, por cierto, que no se caracteriza por las riquezas y las comodidades, sino por el servicio, la humildad y el amor total hasta el sacrificio en la Cruz. En efecto, María está unida de manera tal a su hijo Jesucristo, que podemos invocarla sin temor a dudas con el título de reina. Ella lo acompañó en su vida, ella hizo carne el reino predicado por él, ella se mantuvo firme, no como mero espectador, ante el trono glorioso de la Cruz, sino participando con el dolor de su corazón del dolor del corazón traspasado de Cristo que conquista todos los corazones. Fue tal, pues, la unión con su hijo, que, llegado el final de sus días terrenos, fue elevada junto con él, revestida de gloria y potestad, para que, aquella que participó de tal manera del sacrificio de Cristo, participara también de la autoridad que dicho sacrificio había ganado.

María es reina revestida no de riquezas y lujos, sino de virtud. Su humildad resplandece más que las joyas y su pureza cautiva más que el amanecer; su fe ilumina más que el sol, y su confianza en Dios la revisten de una nobleza mayor a cualquier título nobiliario.

María reina verdaderamente, y ejerce una potestad real sobre toda la creación, no a manera de un tirano a quien se le teme, sino con la dulzura de una Madre en quien se confía y a quien se ama. En efecto, convenía que aquella que había transcurrido su vida en la más pura humildad y sencillez, reinara de la misma manera; que aquella que en su vida mortal había intercedido ante su hijo para que actuara en favor del matrimonio en aprietos, ejerciera su potestad intercediendo por la salvación de los hombres. Aquel corazón que vivió en la permanente escucha de la palabra de Dios y en la contemplación de sus misterios, reina ahora asegurándonos refugio, consuelo y auxilio en nuestra vida. De manera que, confiados en tan grande y tierna soberana, no podemos más que sentirnos con una alegría y una seguridad sin límites, pues tenemos por intercesora a la Reina del Cielo, confianza tal, que nos hace exclamar con júbilo a nuestros hermanos aquellas mismas palabras que ya San Bernardo nos dejara hace algunos siglos:

“¡Oh tú que te sientes lejos de la tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo, en medio de las borrascas y de las tempestades, si no quieres zozobrar, no quites los ojos de la luz de esta Estrella, invoca a María!.

Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la asuncindelavirgentk4Estrella, llama a María.

Si eres agitado por las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la Estrella, llama a María.

Si la ira, o la avaricia, o la impureza impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a María.

Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima del suelo de la tristeza, en los abismos de la desesperación, piensa en María.

En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud.

No te extraviarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiende su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si Ella te ampara.”

 

 

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