4 días de aprendizaje

Por: José Manuel Hernández Martínez, CCR.

La vida siempre se encarga de presentarte oportunidades de crecer, de concerté más, de retarte. Creo que hace poco viví las características antes mencionadas. Hablo de una salida a la montaña, muy peculiar.

Para mí era la primera vez que subía una montaña, era mi primer encuentro con tan impresionante creatura. Antes había ido al Telapón, al Pico del Águila, al Tepozteco, cerros “pequeños” (sin subestimarlos, claro está) a comparación de esta el Iztaccíhuatl.  El plan era estar 4 días ahí, y para mí parecía difícil, pues pensaba: “es mi primer ascenso, y 4 días, ¡qué locura!” pero desde el momento en que me lo propusieron, me sentí animado.

Iniciamos a subir el martes por la tarde, era el segundo en la fila, marcando el camino Gerardo Valle. En verdad iba un poco nervioso de que me fuera a dar el tan famoso “mal de montaña”, pero en las primeras horas de subida todo marchaba bien, hicimos varias paradas, en unos lugares llamados “portillos” para descansar unos minutos, entre más subíamos, la montaña se veía más grande y el panorama se hacía cada vez más impresionante. El escenario que uno puede observar conforme va subiendo es espectacular, es hermoso, se veía tan claro el Popocatépetl, se veía radiante, echando una fumarola, lo recuerdo.IMG_0653

Por el camino, pensaba muchas cosas, a veces me cuestionaba el para qué había aceptado ir, cosa normal para alguien que jamás en su vida ha subido una montaña que no tiene la condición necesaria para hacerlo, sin embargo, ahí estaba, quizás con todo en contra por lo anterior dicho, pero con la ilusión de poder llegar. Ese primer día la meta era el Refugio “Grupo de los cien”, yo ya quería llegar. Llegamos al lugar mencionado sin problemas, y en cuanto nos metimos, comenzó a nevar.

El miércoles era la subida a la cumbre, la verdad yo no tenía pensado ir, pues siendo mi primer ascenso, pensaba quedarme en el Refugio, pero sin pensarlo ya estaba yendo en camino, iba más temeroso pues seguía pensando en el “mal de montaña” y en muchas cosas más. El camino se me hizo pesado, me fatigaba muy rápido, entre más subíamos más me cuestionaba por qué subí. Miraba a mi alrededor, todo en silencio, con un paisaje único, extraordinario.

Iba muy cansado, sólo quería descansar, el objetivo a alcanzar parecía imposible, el camino se me hacía eterno, sin embargo, en medio de estos sentimientos sucede un fenómeno especial: vas tan concentrado en el camino, que te encuentras contigo mismo, con tus pensamientos, con tus sentimientos, en medio del cansancio, me iba encomendado a Dios, iba ofreciendo aquella fatiga por mi familia, por mi vocación, por un buen amigo mío que igual iba cruzando aquella travesía, y por muchos otras personas y otros motivos. Esto me hacía soportar el cansancio.

Cada paso se me hacía lento, eterno, ya quería llegar. De vez en cuando volteaba para ver a mis compañeros, a unos los veía enteros, a otros igual cansados quizás menos que yo, pero cansados, y eso también me animaba a seguir, sentía la responsabilidad de no caer, de no tropezarme, de no parar por muy cansado que estuviera, por ellos, para no atrasarlos, su compañía silenciosa también ayudó mucho a que yo siguiera avanzando.

Cada paso sentía que iba demasiado arriba, las nubes ya estaban abajo, yo quería desertar, observar la majestuosidad de la montaña la hace parecer inalcanzable, y este pensamiento me cansaba más, pero Gerardo Valle me animaba, ya estábamos cerca. En mi cansancio me di cuenta de que a pesar en mi condición lo estaba logrando, que estaba dando todo de mí, conocí una parte que quizás no había percibido antes, que puedo dar mucho más a pesar de que esté muy cansado.

Al llegar a la cumbre (que yo ni sabía que ya habíamos llegado) recuerdo que me detuve unos segundos por el cansancio y Toño Conde, que venía detrás de mí, me indicó que ya habíamos llegado a la cumbre, me incorporé rápido a la fila, y la satisfacción fue grande, muy grande, porque no fui yo sólo quien logro aquel ascenso, más aún, si hubiera estado solo, no lo hubiera hecho, me sentí vivo, alegre, emocionIMG_6181ado.

Sin duda alguna fue una experiencia única, pude subir, con inseguridades, nervios, cansancio, pero puedo decir que lo logré, que aguanté hasta el final, y no sólo en el aspecto físico, sino que pude aprender mucho. Siempre la montaña se presta para hacer comparaciones, por ejemplo, al ir caminando, pensaba que aquellos pasos, subidas, bajadas, eran como la vida, tanto cotidiana como espiritual;  mucha veces nos encontramos así en circunstancias diversas, en lo social, en lo personal, en lo familiar, en la vida de pecado, pero que sin duda todas tienen una cumbre que está ahí, lo sabemos, la cumbre de la gracia, de la santidad, en donde encontramos a Dios, en donde todo vale la pena, el cansancio, el esfuerzo, la perseverancia.

Pero también experimentar la ayuda humana es grandioso, es verte en el otro, saber que no estás solo, que hay alguien a tu lado, levantándote, apoyándote, acompañándote, por muchas caídas que uno pueda tener, siempre habrá alguien que esté ahí, no puedo desaprovechar esas “ayudas” porque pienso que ahí Dios y su amor se manifiestan. Y esto es lo más grande que me ha dejado la montaña, un aprendizaje de vida.

Quisiera citar para terminar con algo del Beato Pier Giorgio Frassati a sus amigos:

“Mis afectuosos augurios, mejor diré, uno solo, pero creo que es el único que un verdadero amigo puede hacer a un querido amigo, y es que ¡la paz del Señor sea siempre contigo!, pues si posees cada día la paz serás verdaderamente rico”.

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