Jacinta Marto y Francisco Marto, videntes de Fátima

Por: José Manuel Hernández Martínez CCR

 

El pasado 13 de mayo, el Papa Francisco declaró como santos a Francisco y Jacinta Marto, los dos niños videntes de Fátima. Pero ¿Quiénes eran?

Hace 100 años en un pueblito llamado Cova de Iría de Portugal, vivían tres pastorcitos de nombre Lucía, Jacinta y Francisco, quienes encontraron gracia de parte de Dios que vio bien que su madre, María, en la advocación de Fátima se les apareciese. Estos dos últimos pastorcitos (Jacinta y Francisco) son los que fueron canonizados, fueron elevados a los altares. La Virgen les hizo partícipes de grandes gracias, de algunos secretos, pero también de algunos sufrimientos y desprecios. Lo sobrenatural les envolvió de una manera tal que ellos anhelaban estar en el cielo, dolerse por los pecadores de una manera que no es común en un cristiano cualquiera.

Sabemos que antes de las apariciones de la Virgen, para prepararles lo que debía de venir, se les apareció un ángel, el cual les mostró el gran misterio de la Eucaristía, les mostró la hostia, de ella brotaba sangre de Cristo, la cual caía en un cáliz; también les enseñó a rezar.

El 13 de mayo se les apareció una señora, muy bonita, más brillante que el sol (así la describen los pastorcitos) el mensaje que les traía era que oraran mucho. Quería encontrar el consuelo en su oración, a cambio ella prometió llevárselos al cielo. Ellos hicieron tal cual lo pidió la Virgen, paradójicamente los pequeños encontraron incomprensiones, indiferencias, maltratos, hasta fueron llevados a la cárcel, como resultado de las tantas presiones y chantajes que caían sobre ellos para que desmintieran las apariciones.

Jacinta era la más pequeños de los tres, era hermana de Francisco. A ella le gustaba liderar, elegir lo que se debía hacer, y el cómo de lo mismo. La niña era de buen corazón, Dios le había dado un carácter dulce y tierno que la hacía amable y atrayente. Jacinta tenía un alma muy sensible y muy piadosa. Era muy extLucia-Francisco-y-Jacinta-740x493rovertida, a su corta edad amaba con toda su alma al Dios escondido (la hostia) , y  a la madre de Jesús.  En una de las apariciones de la Virgen, ella les permitió ver el infierno y lo mucho que sufrían las almas, desde luego los tres niños quedaron aterrorizados, en la visión veían como las almas sufrían por el fuego que les quemaba, pero sin consumirse, era el precio del pecado.

Jacinta tenía una gran compasión de aquellas almas que se habían condenado y sufrían, pero también se lamentaba por aquellos que no creían ni amaban a Dios. Desde entonces ella sintió la responsabilidad de hacer sacrificios por ellos, tal y como se los había pedido la Virgen. Lo hacía de una manera entregada, con alegría, y amor. Era de admirar la forma cómo lo hacía, como si fuera un adulto, desde luego que también sufría por aquellos sacrificios, pero lo hacía con la satisfacción de aquello que hacía era por salud espiritual de las almas que estaban perdiéndose.

No perdía la oportunidad de sacrificarse por los pecadores, sentía amor por ellos. Lo hacía con una simpleza que parecía que no le costaba ningún esfuerzo, abstenerse de comer, de beber y otras veces se ponía una soga a la cintura y cada día se la ajustaba más. En cierta ocasión, un acto de Jacinta permitió la conversión de una señora que les insultaba mucho, Jacinta al compadecerse de ella (pues decía que si seguía maldiciendo sería al infierno) elevando sus manos y poniendo sus ojos en el cielo hizo un ofrecimiento, aquella señora espiaba desde su ventana.

Francisco era hermano de Jacinta, no era tan caprichoso y vivo como su hermana. Al contrario, era tranquilo, un poco introvertido, condescendiente y noble. Era gustoso de tocar la flauta o cantar, mientras que Jacinta y Lucía jugaban, él prefería perderse tocando y cantando. Como dato curioso, cuando el Ángel se les pareció, él nunca escuchó lo que el ángel les decía, se aprendía la oración de escuchar que su hermana y su prima decían. De la misma manera, en las apariciones de la Virgen, Francisco sólo podía verla, pero no oírla. Pero pronto, cuando la Virgen se iba, les preguntaba a las niñas que había dicho, y él gozoso, como si le hubiese oído a la Virgen.

El pastorcito se sentía movido interiormente, de hacer penitencias, pero sobre todo de rezar el Rosario, se apartaba muchas veces de Jacinta y Lucía, para irse a rezar, pues es lo que la Virgen les pedía insistentemente. Una de las ocasiones le preguntaron – Pero ¿qué estás haciendo aquí durante tanto tiempo? A lo que él respondió: “Estoy pensando en Dios que está muy triste debido a tantos pecados. ¡Si yo fuera capaz de darle alegría!”. Francisco sólo buscaba la manera de consolar a Dios. Se puede decir que Francisco era el más místico de los tres.

Sin lugar a dudas estos niños, se ganaron el cielo. Quisieron hacer penitencia para que las almas alejadas de Dios se convirtieran, amaron profundamente a Dios y a la Virgen. Almas puras e inocentes, que con dolor y sacrificios encontraron gracia en Dios.  Hoy la Iglesia se alegra de tener dos intercesores más en cielo, que ahora contemplan cara a cara a su Dios escondido, y que nos invitan a entregar nuestra vida y a purificar nuestros corazones mediante la oración y el sacrificio. Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios. (Mt 5,8)

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