Corrección fraterna: cor et anima una

Por: Pablo Tomás Patrito CCR

 

Introducción

Cor et anima una. Esta expresión, contenida en los Hechos de los Apóstoles (4, 32) nos muestra el estilo de vida de los primeros cristianos y nos lo presenta a nosotros hoy como paradigma a seguir: “la multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma”.

Esta unión de corazón y de alma es testimonio vivo de que el encuentro con Cristo no puede darse sin la comunidad eclesial: por ella conocemos a Jesús y en ella lo servimos. A Jesús lo conocemos y lo frecuentamos por la fe. Fe que llega gracias a la prédica de otro (cf. Rm 10, 14), regalo que no nos damos a nosotros mismos sino que recibimos de otras personas, tanto en su contenido como en su vivencia; y ambas cosas, contenido y vivencia de la fe, están esencialmente ligadas a la comunidad.

Comunión en Cristo

En efecto, recibimos la fe por el bautismo ¿y acaso el bautismo no nos hace piedras vivas de la Iglesia, miembros del Cuerpo Místico de Cristo?; la fe crece en contacto con la Palabra de Dios ¿y no se transmite ella privilegiadamente en el seno de la Asamblea litúrgica?; la fe alcanza su plenitud en la caridad ¿y no es la caridad la que nos interpela a transformarnos en otros Cristos y dar la vida por nuestros hermanos? La fe nos lleva a Cristo, punto de unión de los cristianos, Bien Común supremo, y fundamento de una nueva comunidad que vive, como arriba dijimos, “con un solo corazón y una sola almaencontremos-el-espacio-para-crecer-en-comunion-y-unidad-promoviendo-el-ecumenismo-espiritual__20140117080415__n”.

A esta comunidad fundada en Cristo pertenecen todos los fieles de todos los lugares y todas las épocas: la Iglesia militante (aquellos que aún vivimos en este mundo), la Iglesia purgante (aquellos que ya han muerto y están expiando sus pecados) y la Iglesia triunfante (los que ya ven el Rostro de Dios y gozan de su Presencia en el Cielo). La vida nueva a la que somos introducidos por la fe está animada por el Espíritu Santo, quien origina y sostiene esta comunión eclesial; así que esta unión de corazón y de alma es con la Iglesia total y recibe un nombre propio: es  la comunión de los santos.

El problema: la ruptura del pecado

Ahora bien, ante la grandeza de esta comunión contrasta la realidad del pecado. Nosotros, los que caminamos por el mundo hacia la Patria Celestial, no tenemos garantizada la unidad con Jesús y los hermanos, podemos perderla; en este desierto por el cual transitamos peregrinos muchas veces elegimos correr tras espejismos que mucho prometen y más aún lastiman.

Hay que afirmarlo: si la vida en Cristo animada por el Espíritu Santo une, una vida de pecado, marcada por el rechazo del Espíritu y la separación de Jesús, aleja. El pecado, en primera instancia, es una ruptura radical con Dios. Es negarlo, si no de intención, sí de hecho; y por eso todo pecado es una tragedia. Y como si el haber perdido la unión con Dios no bastara, viene con consecuencias desoladoras: ruptura interna y, también, ruptura con la comunidad que nos rodeaba. En el pecado me alejo de Dios y divido mi corazón; atrás quedó el tener un solo corazón y una sola alma con mis hermanos… Es una y otra vez el drama de Babel.

La corrección, remedio a las divisiones

Ante esta situación ¿cómo debemos reaccionar? ¿Qué remedio poner para sanar estas heridas? Ante todo, debemos tener presente que así como no tenemos asegurada la salvación en esta vida, tampoco estamos determinados definitivamente a la condena. Dios puede salvar y quiere hacerlo y nos ofrece el auxilio de su gracia y de los sacramentos. Pero además, en cuanto comunidad, cada uno de nosotros se convierte también en ocasión y medio de salvación para el hermano que se aleja. Y aunque hay muchos modos de hacerlo, uno sumamente especial para solucionar este problema es la corrección fraterna.

En efecto, para la Iglesia naciente y en las primeras comunidades cristianas, la solicitud por el prójimo siempre iba más allá de compartir los bienes materiales o la salud corporal pues tenía siempre en cuenta la salud de su alma. San Pablo ya exhortaba a los Gálatas de esta manera:

Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre. ¡Pero cuidado, que también tú puedes ser tentado!  Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas, y cumplid así la ley de Cristo. (Ga 6, 1-2)

Desde esta perspectiva, la corrección fraterna es un acto de caridad exigido por la comunión en Cristo que verdaderamente puede sanar. Y es un acto que se desarrolla de dos maneras: primero, señalando la verdad. “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32); quien corrige a su hermano le notar el mal que conllevan sus actos, lo lejos que están de la ley de Dios, cuánto lo apartan de su amor y el riesgo que tiene de condenarse para siempre. Corregir al hermano es mostrarle una verdad que lo liberará de las ataduras que lo alejan de Dios y del prójimo y que provocarán la pérdida de su alma.

La corrección fraterna implica, en segundo lugar, acompañar a quien se corrige. Acabamos de leerlo de san Pablo: “Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas, y cumplid así la ley de Cristo” (Ga 6, 2). Ciertamente hay que apelar a la inteligencia del hermano haciéndole ver qué es lo que está mal, pero después también hay que sostener su voluntad débil para que se adapte a esa verdad y cambie de vida. ¡Por eso la corrección fraterna es tan compleja! Porque hay que mostrarle al otro lo que está mal y lo que está bien y, después de que lo haya entendido, ayudarlo a apartarse del mal y convertirse al bien (cf. Sal 34, 15). Corregir al prójimo es liberarlo de su ceguera mental que no le deja ver el mal y curarle su parálisis que le impide caminar al bien.

Objeciones  y soluciones a la corrección

Con todo esto no es raro escuchar objeciones a esta forma de caridad. El denominador común de todas es la suspensión del juicio. Algunos lo suspenden en aras a la caridad, otros en pro de la paciencia. Los primeros -si son cristianos- suelen escudarse tras las palabras de Jesús “¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano” (Mt 7, 5). Los segundos están más o menos convencidos de que la conversión del hermano llegará a su momento, que Dios, de un modo u otro, lo hará cambiar cuando quiera y por eso hay que “aguantar” o esperar pacientemente su obra.

¿Por qué están equivocados los que piensan así y actúan en consecuencia? Los primeros faltan a la verdad y los segundos confunden el soportar la con paciencia los defectos del prójimo (que es una gran obra de misericordia) con la omisión culpable. Pero antes de entrar en detalle, empecemos por lo general. Dijimos que ambas actitudes tienen en común la sministerio-reconciliacion-juicio-restauracion-fraternal_1_2220541uspensión del juicio ¿es esto malo en sí mismo?. Tratándose del tema presente sí, y lo deja muy claro el profeta Ezequiel:

Si yo digo al malvado: ‘Malvado, eres reo de muerte’, y tú no hablas con él para advertirle que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero te pediré cuentas a ti de su muerte. Si, por el contrario, adviertes al malvado que se convierta de su conducta, pero él no se convierte, morirá él debido a su culpa, mientras que tú habrás salvado tu vida. (Ez 33, 8-9)

Es decir, porque corregir al hermano es una obra de caridad, no realizarla es, por oposición, una falta a la misma. Si yo no corrijo a mi prójimo en algo que afecta a su salvación, no solamente dejo que se pierda su alma sino que yo mismo puedo perderla por no ser misericordioso con él. “No odies en tu corazón a tu hermano, pero corrige a tu prójimo, para que no te cargues con pecado por su causa”, se lee en el Levítico (19, 17). Así como está mal darle la espalda al pobre que suplica una limosna, también es grave no auxiliar al que es menesteroso por estar alejado del camino de la Verdad y de la Vida.

Con la claridad de estos textos podemos señalar con mayor facilidad los errores de las actitudes arriba mencionadas. Por un lado, cuando Cristo habla de no ser hipócrita y pone el ejemplo de la paja y la viga, no está apuntando que no se debe corregir, sino a no hacer juicios que falten a la verdad. Sí está bien que la corrección fraterna vaya con un juicio, lo que está mal es el juicio temerario, el falso testimonio o el perjurio (cf. CEC 2475), que serían el vicio por exceso de la obra de misericordia en cuestión. Por otro, soportar los males que llevarían a la condenación eterna de mi hermano es un vicio por defecto, pues sí se deben tolerar los defectos pero no aquellos que pongan a los demás en peligro de alejarse gravemente de la caridad.

Además, ambas posiciones rompen con la lógica de la comunidad porque mueven al desinterés y a la indiferencia, como el sacerdote y el escriba para con el samaritano (cf. Lc 10, 25-37) o como el rico epulón para con Lázaro (Lc. 16, 19-31). La lógica de la fraternidad en Cristo es justamente la opuesta: uno mira al hermano y, beneficiándolo, se enriquece a sí mismo: “Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que el que convierte a un pecador de su camino desviado se salvará de la muerte y cubrirá multitud de pecados” (St 5, 19-20)

Conclusión

Benedicto XVI afirmaba: “el cristiano y las comunidades cristianas deben ante todo mirar y hacer mirar a Cristo, verdadero Camino que conduce a Dios.”[1] La corrección fraterna, tesoro de caridad que llevamos en el barro de nuestras miserias, apunta esto mismo. La caridad de Cristo nos urge, nos interpela a mirar al hermano que necesita corrección (cf. 2Co 5, 15) y hace brotar de nosotros una preocupación hermosa por su bien. Mi hermano me pertenece, su destino está ligado al mío y la indiferencia jamás es una opción. Porque, finalmente, así como los primeros cristianos, seguimos siendo cor et anima una.

[1] Audiencia general de 14/11/2012

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