Vida Fraterna en común

Por: Jorge Ramírez Rico, CCR.

 

En la dimensión social de la vida del hombre debe haber un espacio para Dios, no solo como fin al que tiende la sociedad sino lugar en el que lo podemos encontrar cotidianamente. Y aunque sin duda alguna toda la creación habla de Dios y podemos encontrarlo en todas partes, hay especialmente un lugar en el que podemos verlo con mucha claridad: el rostro del otro, es decir debemos ver a Dios en todos y cada uno de los miembros de nuestra sociedad.

IMG_7207La vida fraterna en común está llena de riquezas, algunas que facilitan el caminar y otras que parecen hacerlo más difícil. En dicho caminar algunas veces tendremos que “apretar el paso” y a veces retrasarlo para poder ir todos al mismo ritmo pues nada se compara con el caminar en comunidad. Y es que hoy en día los hombres hemos perdido el sentido del caminar con compañía, nos hemos vuelto egoístas y en el mejor de los casos llegamos a preocuparnos por un pequeño y selecto círculo cercano a nosotros, eso sí anteponiendo nuestro bienestar personal. Es cuando pensamos de este modo  que nuestro camino se comienza a volver pesado y oscuro, y peor aún hacemos más difícil el caminar de los demás, aunque humanamente parece ser un modo de caminar atractivo pero en el fondo no edifica; eso no es caminar a la santidad.

La vida fraterna en común a pequeña escala exige principios que deberían vivirse en cualquier sociedad, hablo de una escala cuantitativa únicamente pues hablando de cualidades exige el mismo esfuerzo y disposición para con una sola persona que para con muchas.

Es evidente que el eje rector de cualquier tipo de vida debe ser la caridad, es decir el amor a Dios expresado en el amor al prójimo.

Pero si esto se torna un poco difícil en pequeñas comunidades, mucho más lo es para la sociedad, para llevarlo a la sociedad necesitamos realmente héroes, pues si fuera una tarea fácil no sería un camino de santidad.

En este camino de la vida en comunidad el principal obstáculo que vamos a encontrar es el egoísmo, el quedarnos en nosotros mismos y buscar las condiciones “perfectas” para desenvolvernos sin importarnos los demás; y este es el verdadero mal social, el dejar de ver por los demás, el ser solo “yo” y no involucrarme en la comunidad, el creer que la comunidad debe adaptarse a mí o el simplemente dejar que la comunidad vaya a su ritmo propio y yo me incorporó a ella solo en ciertos momentos como si fuera algo ajeno a mí, es decir vivo en comunidad solo cuando quiero.

Pero este mal y esta tentación ofrece una gran oportunidad, la oportunidad para veIMG_7159ncerse a uno mismo, la de dejar el egoísmo y dar un paso extra, ese paso necesario para poder crecer en el otro y con el otro, dejar de lado mi bienestar para construir un bienestar conjunto, que por supuesto que implicará cansancio, renuncia, servicio, dolor, disposición pero sobre todo amor, el amor transformado en su máxima expresión de la dimensión social, el amor al prójimo, la donación a un todo que tiene un fin propio, solo así, amando, verdaderamente se forma parte de una comunidad.

Y es que quizás el vivir en comunidad resulte algunos días algo pesado y complicado incluso difícil, pero en el fondo es mucho más gratificante de lo que realmente exige y parece. En la comunidad se gestan grandes amistades, se viven grandes experiencias, se trabaja por el bien común, el servicio es la bandera que gobierna, la esperanza se alienta en el quehacer diario y la fe se fortalece junto con el más débil de los miembros de la comunidad, el talento ya no es solo tuyo sino de todos al igual que la enfermedad, las sonrisas adquieren una plusvalía y las lágrimas un significado expiatorio común, pero lo más bello es que a todos los miembros los une una sola cosa, un ideal, el ideal del apóstol: El Reinado Social de Cristo.

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