Impuestos e inconformidad

 

Por: P. Pedro Miguel Funes Díaz

 

El nuevo año ha comenzado en nuestro país con graves tensiones que se han hecho patentes a través de protestas que deben preocupar muy seriamente a las autoridades. La gota que derramó el vaso, porque la inconformidad era ya muy extensa, fue el alza a la gasolina y las consecuencias directas ya son varias personas muertas y muchos detenidos, además de saqueos y cierre de tiendas.

Desde la antigüedad los impuestos han sido la constante más odiosa de parte de los gobiernos sobre los miembros de la sociedad. Sin embargo es cierto que son necesarios para sostener las estructuras que la misma sociedad necesita para poder subsistir y desarrollarse. El asunto es hasta dónde puede un gobierno cargar a sus ciudadanos con el peso de los impuestos.

Lógicamente el sentido de los impuestos es el bien de la sociedad entera y sus beneficiarios debamparos_gasolinazo-900x500erían ser todos los habitantes del territorio estatal. Aquí encontramos desgraciadamente la primera falla, porque la percepción de muchos es que los impuestos sirven solamente a enriquecer a los políticos. No podría discutir a fondo en qué grado esto es efectivamente así, pero esta cuenta mucho en la situación actual.

La presión sobre el país irá aumentando todavía, porque se puede pensar con fundamento que la política económica de nuestros vecinos del norte será muy agresiva y abusiva, por lo cual se puede prever que nuestra resistencia será puesta a dura prueba. ¿Cómo podría salir airoso de ella un México dividido?

Desde el punto de vista ético en las circunstancias actuales no se puede proponer, a mi parecer, la rebelión como salida de la situación. Me parece que existen diversas opciones para que el país pueda continuar su camino. Ante todo hay que decir que es lícito protestar y que las autoridades están obligadas a oír. Ahora, si bien el diálogo es urgente, es urgente también que se cumpla la palabra que se empeña en él. Quiero decir que en un verdadero diálogo no se esperan palabras vacías, sino respaldadas con hechos.

Los actores políticos y económicos de mayor peso deben buscar hoy las alternativas no para proteger su poder y su dinero, sino para que todos podamos pasar este tiempo de dificultad, porque el poder tiene sentido en el bien común y porque sobre el dinero pesa siempre una hipoteca social. La sociedad en sus diversos niveles y ámbitos debe hablar y actuar, incluso presionar, pero sin ceder a la tentación de la anarquía. Quienes creemos, no debemos dejar de encomendar nuestra patria para que pueda crecer y mejorar.

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