Éxodo y Justicia

Pedro Miguel Funes Díaz

Visión Social

Sabemos que las relaciones de la vida humana y de la vida de los pueblos y sociedades deberían regirse siempre por la justicia, no por la ley del más fuerte. Sin embargo, a lo largo de la historia y hasta nuestros días, prácticamente no hay quien no se encuentre envuelto en serias situaciones de injusticia. No solamente encontramos el problema de las injusticias que un individuo puede ejercer sobre otro, sino también complejos escenarios sociales dañados muchas veces porque no se da a cada quien lo que le corresponde.

 

Hacia el siglo XIII antes de nuestra era, un pueblo que había sido nómada y había llegado a Egipto y encontrado ahí una esperanza de vida, se encontraba, en cambio, sometido a la esclavitud y trabajando arduamente sin opciones de progreso. Un líder de excepción, Moisés, supo sacarlo de aquel país y conducirlo a otras tierras. Los textos que narran aquellos hechos, escritos varios siglos después, enseñaban que la obra de Moisés tenía como centro una clave religiosa: la fe en Dios. Esos textos forman el libro del Éxodo.

 

Aún quien no cree puede encontrar en el Éxodo importantes elementos de reflexión social. Así, una de los puntos centrales en el proceso de liberación del pueblo se halla en las exigencias morales que tal liberación exige. La anhelada libertad no consiste en salir de la esclavitud para desembocar en el libertinaje, sino para poder vivir según un código humano y razonable. Los llamados diez mandamientos propuestos en aquel libro (Ex 20, 1ss) constituyen una expresión clarísima y notable de la ley natural, es decir de la que deriva de lo que somos y  que resuena en nuestra conciencia cuando actuamos.

 

El libro del Éxodo buscaba concretar también la forma de renovación de la justicia en la sociedad a través de la institución del año sabático, cada siete años, y la del año jubilar, cada cincuenta. Se trataba de orientar la vida social y económica del pueblo procurando el reposo de los campos, la condonación de las deudas y la liberación general de las personas y de los bienes, todo ello con el fin de eliminar las desigualdades provocadas por los ires y venires de la sociedad y la economía.

 

No hemos de pensar que los grandes ideales del Éxodo se llevaron a cabo sin más en la realidad cotidiana de aquellos tiempos y lugares. La historia nos hace saber que muchas fueron las vicisitudes de aquel pueblo y que las injusticias y los problemas continuaron. Pero no debe dejar de la visión social y los principios que todavía hoy permanecen como referencia obligada de la doctrina social.

 

Los creyentes, además de la grandeza humana y sapiencial, que ha inspirado incluso importantes obras de arte cinematográfico, recogemos de la narración de aquellos antiguos acontecimientos el sentido profético según el cual Jesucristo es el nuevo Moisés, que nos ha liberado y dado también una ley, la del Sermón de la Montaña, que nos impulsa no al establecimiento de un predeterminado tipo de estado, sino a la colaboración con todo hombre de buena voluntad para fomentar en el mundo relaciones de paz y de justicia.

 

 

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