Misericordia: confesión y conversión.

Por Bernardo Valle

 

Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió. Fue corriendo, se echó al cuello de su hijo y lo cubrió de besos. El hijo comenzó a decir: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco llamarme hijo tuyo.» Pero el padre dijo a sus criados: «Traed enseguida el mejor vestido y ponédselo, ponedle también un anillo en la mano y sandalias en los pies. Tomad el ternero cebado, matadlo y celebremos un banquete de fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado.»   Lc 15.

Hace 8 meses dio inicio el Jubileo extraordinario de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco como un tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de nosotros, los creyentes, llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder también ser nosotros mismos signo eficaz del obrar del padre.

Desde entonces, mucho se ha dicho de la misericordia: que es el rostro de Dios, que es su esencia misma, que siempre está esperándonos, que es el acto más perfecto de Dios, por el que no cesa ni se cansa nunca de buscarnos, aun cuando nosotros nos cansemos de buscarlo a él…

Y todo esto es cierto, pero no lo es todo, pues en efecto, ¿cómo podríamos agotar el caudal de la misericordia de Dios con nuestras limitadas capacidades?

Sin embargo, también es cierto que, exagerando el discurso, o desviándolo sola y exclusivamente al amor de Dios que nos busca y nos espera, corremos el riesgo de limitar la misericordia y pensar que simplemente es un gran amor que perdona todo (lo cual es cierto), pero no pide nada. Pues si bien es cierto que el amor de Dios es gratuito y desinteresado, siempre dispuesto a derramarse sobre nosotros, también es necesario reconocer que no podemos acogerlo si no estamos preparados, no podemos recibirlo si no ponemos un mínimo de nuestra parte. Dicho de otra manera, aunque las comparaciones nunca son exactas, la Misericordia de Dios es como una interminable fuente de agua pura, siempre presente y dispuesta a limpiarnos y apagar nuestra sed, y nosotros somos vasos, y si el vaso está roto, no puede retener el agua. En otras palabras, la condicionante no está en el agua, que siempre está ahí, que ya ha hecho todo lo que está de su parte (morir por ti, ¡no es poca cosa!), la condicionante está en nosotros mismos, receptáculos imperfectos para acoger la misericordia.

Justamente el lector se preguntará entonces, y ¿cómo hago para reparar mi vaso?, ¿cómoc4h5ikexxfavsf9t1qarxrvp_ttqqfmt5uqqggsufbmah7nzf9k5bxyyiq4gn2nl11pnqys86ynswk7no-xceyc18is1gg hago para poder recibir misericordia? Una palabra: conversión.

En efecto, para poder experimentar auténticamente la gran misericordia divina, es necesario un genuino deseo y movimiento de conversión. Y para ello Jesús nos ha dejado un precioso regalo: el sacramento de la confesión. Pues ¿qué cosa es la confesión sino el movimiento del propio corazón que, reconociéndose débil y pecador, acude al encuentro del único que lo puede sanar? ¿qué es sino un deseo de cambiar y dejar atrás toda ofensa al buen Dios que me ha dado todo y sin el cual no puedo hacer nada? La confesión es liberación, es dejar las ataduras que nos impiden correr a los brazos del Padre que pacientemente están esperando, y que nunca se cansaran de perdonar. Es la purificación necesaria para poder acogerlo. Es la purificación de la vista y del corazón que me hace entender que no he sido salvado por mérito propio, y que con las propias fuerzas no puedo avanzar; es el abandono confiado en los brazos del Señor, que me acompañarán en el camino y me defenderán en la batalla. Es la felicidad del alma que se sabe perdonada y amada, incondicionalmente. Es la paz del hijo que vuelve a casa, es la alegría del Padre que hace fiesta por el hijo que ha regresado.

Si sientes que tu alma esta sedienta de Dios, que necesitas de esa agua que todo lo purifica y todo lo perdona, no tengas miedo, acércate a la fuente viva, acércate a la fuente inagotable, acércate a la confesión, y entonces tu alma cantará, con el salmista:

 

¡Feliz el hombre a quien el Señor
no le tiene en cuenta las culpas,
y en cuyo espíritu no hay doblez!
Mientras me quedé callado,
mis huesos se consumían
entre continuos lamentos,
porque de día y de noche
tu mano pesaba sobre mí;
mi savia se secaba por los ardores del verano.
Pero yo reconocí mi pecado,
no te escondí mi culpa,
pensando: “Confesaré mis faltas al Señor”.
¡Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado!

Sal 32

Una respuesta to “Misericordia: confesión y conversión.

Escriba una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.