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Cuarentena Cuaresma

Nos hallamos, junto con toda la población del planeta, en medio de la crisis causada por una pandemia que amenaza a la humanidad en su conjunto. Sentimos, naturalmente, la obligación moral de atender y seguir las indicaciones y medidas que determinen las autoridades, quienes a su vez cargan una grave responsabilidad para afrontar el problema.

En mayor o menor medida los países han determinado las medidas para desacelerar el ritmo de los contagios, con el fin de evitar el colapso de los sistemas de salud, por lo cual se habla de la “cuarentena” de las poblaciones y, sobre todo, de las personas contagiadas o posiblemente contagiadas. “Cuarentena” indica etimológicamente algo compuesto de cuarenta unidades y se usa para el tiempo: días, meses o años. Generalmente se usa para designar el aislamiento sanitario preventivo al que se someten personas o animales, aunque no sea exactamente de cuarenta días.

También la cuaresma, tiempo litúrgico, ha sido llamado algunas veces “cuarentena”, porque se compone de cuarenta días. Se distingue como un tiempo de preparación para la celebración de la Semana Santa, en que celebramos el misterio pascual de Jesucristo, es decir, su pasión, muerte y resurrección de entre los muertos. La preparación consiste ante todo en examinar la conciencia, arrepentirse del mal, en la recepción del sacramento de la penitencia, en el ayuno, la limosna y, en general, en llevar acabo obras de misericordia.

Los profetas del Antiguo Testamento daban a este tipo de prácticas una fuerte dimensión social, que se halla presente también en el Evangelio y en la práctica cristiana. No se trata de algo meramente individual, sino con dimensiones comunitarias.

En medio de la crisis, aumenta nuestra responsabilidad por los demás.

La cuarentena a la que nos obliga la pandemia hemos de enfocarla también con sentido social y, por lo mismo, de servicio a los demás, así como una oportunidad para reflexionar sobre nuestra realidad personal, familiar y social. A lo largo de los siglos se han vivido diversos casos de epidemias muy graves. La Iglesia siempre ha buscado que en esos tiempos se incremente la piedad de los fieles yse suplique a Dios para que pase la calamidad.

Como dice el dicho, a Dios rogando y con el mazo dando. Hagamos oración, ciertamente, y esperemos también que con la ayuda de la Providencia, que también se manifiesta en la ciencia y la técnica humanas, se encuentren medios para la solución del problema. La buena obra que hoy toca a todos en general es la de atender responsablemente las indicaciones de las autoridades.

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